04/07/2026
Volver a nuestra adolescencia no es un ejercicio de nostalgia. Es un acto de presencia.
Es mirar a esa persona que fuimos con menos juicio y más compasión. Es reconocer que muchas de las formas en las que hoy habitamos el vínculo nacieron en una historia que merece ser escuchada, no para quedarnos en ella, sino para comprenderla.
En este segundo módulo, “Entender mi adolescencia para comprender a mis hijas e hijos: familia de origen en mi adolescencia”, nos dimos permiso de hacer ese viaje. Con delicadeza. Con verdad. Con la certeza de que nadie acompaña desde aquello que sabe, sino desde aquello que ha podido mirar, nombrar e integrar en sí.
Gracias, querida Maestra Carmen Casas, por sostener este espacio con esa ternura profundamente profesional que no invade, no dirige ni interpreta: acompaña. Por esa presencia que ofrece refugio seguro para que cada historia encuentre su propio ritmo y su propia voz.
Gracias a cada participante por la confianza de abrir su historia y permanecer en ella con valentía. Allí, en ese encuentro íntimo con quienes fuimos, comienza la posibilidad de elegir distinto. De interrumpir lo que duele. De conservar lo que nutre. De acompañar a las adolescencias desde una presencia más consciente, más sensible y más disponible.
Cerramos este módulo sabiendo que comprender nuestra historia no cambia el pasado, pero sí transforma la manera en que habitamos el presente y el futuro de quienes caminan a nuestro lado.
Ahora continuamos. Nos encontramos en el tercer módulo, llevando con nosotros una mirada más amplia, un corazón un poco más abierto y la certeza de que toda relación comienza en la forma en que aprendemos a encontrarnos con nosotros mismos.