30/08/2026
Deliberadamente, y sin un ápice de esa mirada —¿y quizá incluso de compasión?—, decimos que el postparto dura 40 días.
Cuarenta días.
Como si después de eso una mujer tuviera que haber vuelto a ser quien era.
Pero el viaje no termina cuando ves a tu hijo a los ojos.
Si es que puedes verlo a los ojos.
A veces lo ves a través de una incubadora.
A veces el nacimiento trae consigo una separación, una cesárea, una hemorragia, una pérdida, un cuerpo que necesita tiempo para recuperarse, una lactancia que transforma, un cuerpo que ya no vuelve a ser el mismo.
Porque parir no es solamente traer a alguien al mundo.
También es atravesar un viaje de transformación que no termina en 40 días.
Y muchas madres lo han sentido durante meses, durante años.
Hay incluso quienes hablan de un posparto que puede extenderse mucho más allá de los dos años.
Y hay abuelas que lo han sobrevivido.
Sí. Sobrevivido.
Sobrevivido sin estar realmente presentes.
Porque también se puede estar físicamente ahí y emocionalmente desbordada, desconectada, agotada, perdida.
Y muchas hijas e hijos han crecido mirando a sus madres así.
Entonces me pregunto:
¿Cuántas corazas tiene una madre a la que ya le habían cargado las corazas de su propia madre?
¿Y cuántas corazas va a cargar su hija o su hijo sobreviviendo al postparto de su madre?
Porque una madre no materna desde cero.
También materna desde lo que recibió,
desde lo que no recibió,
desde lo que pudo reparar
y desde aquello que todavía le duele.
Quizá necesitamos mirar el postparto con mucha más humanidad.
No solo por las madres.
También por las infancias que están mirando.
Y por las abuelas que un día también fueron mujeres intentando sobrevivir.
Porque el viaje a las estrellas no termina cuando nace un hijo.
A veces apenas comienza. ✨