30/05/2026
El 30 de mayo se conmemora el Día Mundial de la Esclerosis Múltiple, una enfermedad neurológica que afecta principalmente a adultos jóvenes.
Los números hablan por sí solos. En 2023, había cerca de 2,9 millones de personas con la enfermedad, y las estimaciones actuales apuntan a que ya podría haber más de 3 millones de afectados.
Parte de este crecimiento se explica por una mayor concientización social y por la mejora de las técnicas de diagnóstico, que permiten detectar la enfermedad con más precisión. Sin embargo, también se está observando un aumento de diagnósticos en mujeres y en población infantil, unas tendencias cuyas causas siguen siendo objeto de investigación.
La esclerosis múltiple es una enfermedad neurológica crónica y autoinmune. Esto significa que el propio sistema inmunitario ataca al sistema nervioso central, dañando la mielina, la capa protectora que recubre las fibras nerviosas. Cuando esa capa se deteriora, los impulsos nerviosos se transmiten de forma deficiente o directamente no llegan a su destino.
Cuando se habla de esclerosis múltiple, se habla de una enfermedad muy heterogénea, en la que no todos los pacientes presentan los mismos síntomas, ni la misma evolución, ni el mismo grado de discapacidad.
Entre los síntomas más habituales se encuentran la fatiga, la debilidad muscular, los problemas de visión, los trastornos del equilibrio y la coordinación, las alteraciones de la sensibilidad, y en algunos casos, dificultades cognitivas y emocionales. El dolor está presente en más de la mitad de los pacientes.
La esclerosis múltiple suele aparecer entre los 20 y los 40 años, justo cuando muchas personas están construyendo su vida laboral, familiar y social. Por eso se considera una de las principales causas de discapacidad no traumática en adultos jóvenes.
Además, afecta de forma desigual según el s**o: afectando mas frecuentemente a mujeres, aunque en hombres la enfermedad suele evolucionar de forma más agresiva y con una progresión más rápida hacia la discapacidad.
La forma más común es la llamada remitente-recurrente, en la que la enfermedad se manifiesta a través de brotes o episodios de deterioro neurológico seguidos de periodos de recuperación, que puede ser parcial o completa. Sin embargo, entre el 10% y el 15% de los pacientes presentan desde el inicio una evolución progresiva, sin esos periodos de mejora, lo que representa uno de los mayores retos terapéuticos actuales al existir menos opciones de tratamiento para ellos.
En al menos el 83% de los países existen dificultades para acceder a un diagnóstico temprano, especialmente en los territorios con menos recursos económicos y sanitarios. Los principales obstáculos son la falta de conocimiento sobre los síntomas entre la población general, la escasez de profesionales especializados y las dificultades para acceder a las pruebas diagnósticas necesarias.
A pesar de estas dificultades, los últimos años han traído mejoras significativas. La resonancia magnética permite identificar lesiones con mayor precisión, y se han producido avances en el análisis del líquido cefalorraquídeo y en el estudio de marcadores biológicos en sangre.
En cuanto al tratamiento, los avances también han sido notables. Hoy existen terapias capaces de cambiar el pronóstico de muchos pacientes, y la tendencia apunta hacia una medicina cada vez más personalizada, adaptada al perfil y la evolución de cada persona. Aunque los tratamientos farmacológicos son parte esencial de ese abordaje, la especialista destaca que la neurorrehabilitación, la fisioterapia y el apoyo psicológico y social también forman parte del cuidado integral de quienes padecen esta enfermedad.