22/08/2026
No todas las personas que llegan a nuestra vida están destinadas a quedarse, y no todos los espacios en los que podemos entrar son lugares donde nuestra alma necesita permanecer.
Así como cuidamos nuestro cuerpo y elegimos lo que alimenta nuestra salud, también necesitamos cuidar aquello que alimenta nuestro espíritu. Hay conversaciones que nos dejan paz y otras que nos dejan agotamiento; personas que despiertan nuestra luz y otras que, sin darnos cuenta, nos hacen vivir en conflicto, juicio, miedo o tristeza.
Poner límites no es sentirse superior. Alejarse no siempre significa dejar de amar. A veces, la verdadera sabiduría consiste en comprender que podemos desearle bienestar a alguien sin permitirle entrar en nuestro espacio íntimo.
La higiene espiritual es aprender a discernir: con quién comparto mi energía, qué conversaciones permito en mi mente, qué emociones alimento y qué ambientes frecuento.
No se trata de vivir aislados ni de juzgar a los demás. Se trata de elegir conscientemente aquello que nos ayuda a conservar nuestra paz.
Hay personas que llegan para enseñarnos, otras para acompañarnos y algunas simplemente para mostrarnos aquello que ya no queremos repetir.
Por eso, no tengas miedo de caminar algunos caminos en soledad. A veces, el silencio es la manera en que el alma se limpia, se escucha y vuelve a encontrarse.
Cuida tu energía como cuidas una llama sagrada.
No todo el mundo tiene que acercarse a ella.
No porque seas más que nadie, sino porque finalmente aprendiste a respetar tu propia luz.
La casa de las libélulas
En amor y servicio