23/06/2026
Un mar de muerte, recuerdos de un hijo de David Rieff.
Quiero empezar con una frase que el autor recupera de Kierkegaard: “La vida debe ser vivida en perspectiva, pero solo puede ser entendida de un modo retrospectivo. El problema es que, a la sazón, por lo general es demasiado tarde.”
Leer este libro es encontrarse justamente con esa imposibilidad: entender mientras todavía se está viviendo. David Rieff escribe desde el lugar del hijo que intenta acomodar, en retrospectiva, la muerte de su madre. Lo que se hizo, lo que no se hizo, las decisiones tomadas y las que quedaron pendientes aparecen atravesadas por algo que él mismo nombra: el remordimiento del sobreviviente.
La pregunta constante de Rieff frente al tercer cáncer de su madre parece ser una que muchas personas conocen ante la enfermedad y la pérdida: ¿hice suficiente?, ¿tomé las decisiones correctas?, ¿había algo más que pudiera haber hecho?
Una de las ideas que se mencionan el libro es cuando afirma que “no hay cierre al tratarse de la muerte de alguien querido”. No porque el dolor permanezca intacto, sino porque la ausencia no se resuelve; se aprende a habitarla. Se continúa viviendo junto a las preguntas que quizá nunca tengan una respuesta definitiva.
Es un libro sensible, profundo y doloroso que retrata la mortalidad no como una rendición ante la muerte, sino como el profundo deseo de vivir.
Sin duda, abre espacio para pensar el duelo lejos de las respuestas fáciles o de la idea de aceptación como destino inevitable. Es una lectura que acompaña preguntas difíciles sobre el amor, el cuidado, la enfermedad y la ausencia; y que recuerda que, incluso frente a la muerte, seguimos intentando comprender qué significa seguir viviendo.