08/02/2026
Aunque no soy muy activa en redes sociales, últimamente he estado más ausente que nunca.
Desde hace algunas semanas me ha tocado estar en reposo por temas de salud (más adelante me gustaría compartirles la razón). Ha sido difícil adaptarme a este cambio, porque estaba muy acostumbrada a hacer mis cosas, salir a trabajar y moverme: el gimnasio, la bicicleta de montaña —actividad en la que recién me había iniciado y que empecé a amar—.
Mi energía cambió. Cuando supe que debía estar en reposo quise ver el lado positivo y pensé que sería la oportunidad perfecta para terminar ese libro que dejé inconcluso, empezar a leer los que tenía pendientes y estudiar sobre cosas que me apasionan profesionalmente… pero no ocurrió así.
La poca energía que tengo la uso para cumplir con mi trabajo y para seguir con un entrenamiento en un modelo terapéutico del cual me enamoré y no quisiera pausar. La culpa no se ha hecho esperar: aparece para decirme que no estoy aprovechando el tiempo, que debería estar haciendo más, que lo que hago no es suficiente.
Me olvidé por momentos de que descansar también es productivo, de que darle a mi cuerpo lo que necesita es una forma de cuidarme. Lo he ido trabajando y, antes de llegar a esta etapa de mi vida, me siento agradecida conmigo misma por haber retomado mi propio proceso terapéutico. Eso me ha ayudado a soltar, a aceptar las necesidades de mi cuerpo y a lidiar con este cóctel de emociones —cosas que también trato de acompañar y trabajar con mis pacientes—: miedos, preocupaciones, incertidumbre, culpa… pero también alegría, un amor que no conocía y la ilusión de la espera.
Tenía un libro de mándalas que compré hace tiempo y que solo había usado una vez. Hoy me decidí a empezar a disfrutarlo, aunque sea por momentos, porque después de pocos minutos mi cuerpo ya pide descanso. Y también estoy aprendiendo a escuchar eso, sin pelearme.
Hay días en los que me siento menos cansada y con más ánimo de hacer cosas, y otros en los que solo quiero dormir. Y hoy empiezo a permitirme que eso también esté bien.
Aprender a bajar el ritmo también es avanzar, y escuchar nuestro cuerpo es una forma de acompañarnos con más amabilidad.