01/08/2026
ESTAR DEL LADO DE LA CIENCIA Y LA RAZÓN ES PELIGROSO EN ESTOS DÍAS.
El Dr. Anthony Fauci, científico sumamente reconocido por sus aportaciones en el diagnóstico y tratamiento del SIDA y de otras enfermedades infecciosas, asesor de siete presidentes, director de institutos nacionales de prestigio y con muchos méritos académicos más, ha sido duramente cuestionado por el gobierno actual de los Estados Unidos. En su reciente comparecencia forzada ante el Congreso de ese país, tuvo que invocar repetidamente la protección que la Quinta Enmienda otorga (nadie puede ser obligado a declarar contra sí mismo) pues se le acusa de muchas falsedades, cuando lo único que hizo fue anteponer la evidencia científica a todo lo demás (política sobre todo) para salvar a millones de personas del COVID.
He estado muy frustrado, decepcionado, triste por este y otros sucesos en las redes, en donde cada vez más personas están desacreditando a los trabajadores de salud, atacando y cuestionando todo, incluyendo las vacunas, salvadoras de cientos de millones de personas durante el COVID.
Hago una traducción de una reflexión de Samantha Barnett, enfermera al frente de la lucha durante el distópico inicio de la pandemia, y espero que silva de reflexión y de evitar que lo ocurrido caiga en el olvido. Cada palabra, cada pensamiento lo hago mío.
...Creo que la parte más dolorosa es que la gente ha olvidado cómo fue realmente.
Me gradué de la escuela de enfermería en mayo de 2019. Menos de un año después, el mundo se detuvo. Antes de que el COVID llegara a nuestra comunidad, le dije a mi supervisora:
"No tengo hijos, no estoy embarazada y no padezco ninguna enfermedad de riesgo. Me ofrezco como voluntaria para estar en la primera línea."
De verdad creía que, si alguien iba a cargar con ese peso, debía ser alguien como yo.
Ayudé a atender al primer paciente con COVID del condado de Coweta en la Unidad de Cuidados Intensivos. Diecisiete días conectado a un ventilador. Un cumpleaños celebrado en aislamiento. Un sobreviviente que llegó a ser conocido como el "Paciente 1".
También recuerdo a los pacientes que llegaron durante y después. Algunos nunca volvieron a casa. Algunos murieron en cuestión de horas. Ninguno de nosotros sabía lo que estaba por venir. No estábamos leyendo un libro de historia. La estábamos viviendo.
No existía un manual. No había un tratamiento comprobado. No había un mapa que nos guiara. Las recomendaciones cambiaban porque el virus seguía enseñándonos algo nuevo. Cada turno se sentía como intentar resolver un rompecabezas mientras todavía estaban fabricando las piezas.
Eso también lo han olvidado.
La gente ha olvidado que reutilizábamos equipo de protección personal diseñado para un solo uso porque simplemente no había suficiente para todos. Todavía recuerdo mi nombre escrito sobre una bolsa de papel café que guardaba el respirador N95 que se suponía debía volver a usar al día siguiente. Algo diseñado para utilizarse una sola vez de pronto tenía que durar varios días, porque era lo único que teníamos.
La gente ha olvidado que en cada turno nos preguntábamos si ese sería el día en que llevaríamos el virus a nuestras familias. Ha olvidado que nosotros también teníamos miedo.
Vi a personas completamente sanas enfermar gravemente en cuestión de horas, a veces de minutos. Vi a jóvenes de dieciocho años luchar por su vida. Vi a personas celebrar su cumpleaños número 103. Vi a muchas otras que jamás regresaron a casa.
Después de cerrar mi vigésima bolsa para cadáveres, dejé de contar. No porque no hubiera más. Simplemente ya no podía cargar con ese número.
La gente recuerda los cubrebocas.
Yo recuerdo sostener la mano de un paciente con una de las mías mientras con la otra sostenía una tableta para que pudiera ver los rostros de las personas que amaba, porque las visitas estaban prohibidas.
Recuerdo limpiar el sudor de su frente mientras el mío también corría. Recuerdo el miedo en sus ojos. Recuerdo el n**o en la garganta mientras hacía todo lo posible por mantener la compostura delante de ellos. Recuerdo el silencio cuando la habitación quedaba vacía.
Al principio intubábamos porque creíamos que era la mejor oportunidad que podíamos ofrecer. Con el paso del tiempo comprendimos que muchos pacientes que llegaban a ese punto nunca lograban desconectarse del ventilador. Eso nos cambió. Cambió nuestra forma de ejercer la medicina. Luchamos todavía más para evitar que las personas llegaran a ese extremo, porque aprendíamos algo nuevo en cada turno desgarrador.
Eso es lo que hace la medicina.
Aprende.
Se adapta.
A veces, de la manera más dolorosa.
Sí, muchos de nosotros decidimos vacunarnos.
No fue porque alguien nos exigiera una obediencia ciega.
No fue porque dejáramos de pensar por nosotros mismos.
Lo hicimos porque, con la evidencia disponible en ese momento, creíamos que era una herramienta más para proteger a las personas que nos estaban confiando su vida.
La historia seguirá evaluando cada decisión tomada durante la pandemia de COVID.
Y así debe ser.
La medicina siempre debe cuestionarse.
La medicina siempre debe mejorar.
Pero no confundan el cuestionamiento de los sistemas con la condena de las personas que trabajaron dentro de ellos.
El sistema de salud es imperfecto.
Los trabajadores de la salud somos seres humanos.
Lloramos escondidos en los cuartos de suministros.
Hicimos videollamadas para que las familias pudieran despedirse.
Saltamos comidas.
Trabajamos incontables horas extra.
Nos aislamos de las personas que amábamos porque estábamos aterrados de llevarles la enfermedad.
Entrábamos en habitaciones a las que muchos otros, comprensiblemente, tenían miedo de entrar.
No tuvimos el lujo de debatir sobre el COVID sentados cómodamente en nuestro sofá.
Nosotros lo estábamos viviendo.
Es muy fácil tener opiniones sobre experiencias que nunca se tuvieron que vivir.
Así como muchas personas nunca piensan en la violencia que enfrentan los trabajadores de la salud hasta que aparece en las noticias, muchos también han olvidado cómo era realmente el COVID dentro de nuestros hospitales.
Nosotros nunca tuvimos ese privilegio.
Por eso, cuando veo a personas burlarse de quienes decidieron vacunarse o presentar a los trabajadores de la salud como los villanos de una gran conspiración, duele.
No porque no pueda soportar las críticas.
Sino porque yo sí lo recuerdo.
Recuerdo los rostros.
Recuerdo los nombres.
Recuerdo los últimos alientos.
Para mí, esas personas nunca fueron estadísticas.
Eran padres.
Madres.
Hermanos.
Hermanas.
Abuelos.
Abuelas.
Tíos.
Tías.
Adolescentes.
Amigos.
Eran seres humanos cuya mano sostuve cuando tenían miedo.
Cuestionen las políticas.
Cuestionen a los hospitales.
Cuestionen a las compañías farmacéuticas.
Cuestionen las decisiones de los gobiernos.
Esas conversaciones son importantes.
Pero antes de cuestionar el corazón de las enfermeras, de los terapeutas respiratorios, de los médicos, de los auxiliares, del personal de limpieza, de laboratorio, de traslado de pacientes, de intendencia y de todos los demás que entrábamos en esas habitaciones todos los días, háganse una sola pregunta:
¿Qué habrían hecho ustedes si hubieran estado donde nosotros estuvimos, con información incompleta, con un paciente luchando por respirar frente a ustedes y con un único objetivo: lograr que regresara a casa?
Porque esa fue nuestra realidad.
Cada segundo.
Cada minuto.
Cada día.
Y, a pesar de todo, si pudiera volver atrás,
volvería a levantar la mano.