14/05/2026
Una pérdida no solo es la muerte de un ser querido.
También puede ser:
*La pérdida de una relación.
*La infancia que no se vivió con seguridad o afecto.
*La pérdida de identidad después de una traición, enfermedad o maternidad.
*Cambios bruscos de vida.
*El abandono emocional.
*Sueños, proyectos o versiones de uno mismo que quedaron atrás.
Cuando el dolor emocional no encuentra palabras, muchas veces encuentra cuerpo.
Desde la mirada humanista, el síntoma no se juzga; se comprende.
El sobrepeso puede convertirse inconscientemente en:
Una forma de protección emocional.
Un refugio contra el rechazo o el abandono.
Un mecanismo para llenar vacíos afectivos.
Una manera de anestesiar tristeza, ansiedad o soledad.
Una “barrera” corporal que protege de heridas emocionales profundas.
Muchas personas comen no porque tengan hambre física, sino porque necesitan consuelo, calma, compañía o regulación emocional. El alimento puede convertirse en un sustituto temporal de aquello que emocionalmente falta o duele.
Además, los duelos congelados suelen dejar emociones retenidas:
tristeza, culpa, enojo, impotencia, miedo. Cuando estas emociones permanecen reprimidas durante años, el cuerpo vive en estado de tensión y supervivencia constante. Esto puede influir en hábitos, descanso, ansiedad, relación con la comida y percepción de uno mismo.
Desde el enfoque humanista, sanar no significa “pelear” contra el cuerpo, sino aprender a escuchar lo que el cuerpo intenta comunicar.
A veces, detrás del sobrepeso existe una historia que necesita ser mirada con compasión y no con vergüenza.
El proceso terapéutico busca precisamente eso:
dar espacio al dolor no expresado, resignificar las pérdidas y reconstruir una relación más amorosa con uno mismo.
Porque cuando una persona comienza a elaborar sus duelos, muchas veces deja de necesitar que el cuerpo cargue aquello que el corazón no había podido sostener.