10/05/2026
🙂
¿ACT no habla de cuando los valores del terapeuta chocan con los del paciente?
Hace poco vi esa crítica en un foro y, honestamente, me parece interesante discutirla porque toca uno de los puntos más complejos dentro de la práctica clínica: el terapeuta también es una persona con historia, emociones, juicios morales y valores personales. No entra a sesión como una especie de ente neutral flotando en el vacío epistemológico (aunque a veces algunos modelos parecieran vender esa idea).
PD: Para empezar, considero adecuado aclarar que “ACT promueve el relativismo moral” o “ACT quiere validar cualquier conducta”, claramente no va por ahí la cosa, sino de señalar que el terapeuta no es un ente pasivo y neutro dentro de la sesión psicologica.
Ahora bien, algo curioso es que ACT sí aborda indirectamente este problema, aunque probablemente no de la manera en que muchos esperarían. Y es que el punto central dentro de ACT no es eliminar los juicios personales del terapeuta, sino analizar qué ocurre cuando el terapeuta se fusiona rígidamente con ellos.
Por ejemplo, pensemos en un caso típico: un paciente considera la infidelidad como algo “normal” o justificable dentro de sus relaciones. Sin embargo, el terapeuta tiene una postura moral muy fuerte respecto a la fidelidad y experimenta rechazo, molestia o desaprobación frente a lo que escucha.
La pregunta aquí no sería “¿quién tiene razón moralmente?”, sino más bien “¿qué ocurre clínicamente cuando aparece esa diferencia de valores dentro de la sesión?”.
Y aquí es donde ACT mete algo bastante importante: el problema no es que el terapeuta tenga pensamientos, emociones o juicios. El problema aparece cuando responde desde evitación experiencial, fusión cognitiva o rigidez psicológica.
Porque una cosa es pensar “lo que hace este paciente me genera conflicto” y otra muy distinta es empezar a moralizar, perder curiosidad clínica o convertir la terapia en una especie de lucha ideológica disfrazada de intervención. De hecho, ACT parte de algo que muchas veces se olvida: los humanos evalúan constantemente. El lenguaje humano categoriza, compara, juzga y organiza la experiencia de forma inevitable. Y eso incluye también al terapeuta. Pretender un terapeuta “sin juicios” probablemente sería más una fantasía espiritualizada de la clínica que una descripción real del comportamiento humano.
Lo interesante es que ACT no propone que el terapeuta abandone sus valores personales, sino que desarrolle suficiente flexibilidad psicológica para no quedar atrapado por ellos dentro del espacio terapéutico. Es decir, el terapeuta podría notar internamente cosas como “estoy sintiendo rechazo”, “estoy queriendo convencer” o “estoy dejando de escuchar”, y aun así continuar presente, atento y funcional dentro de la sesión.
Algo importante aquí es que ACT tampoco plantea una especie de “todo vale”. Ese es un malentendido bastante común. Que ACT no imponga moralmente una posición no significa que deje de analizar funcionalmente las conductas. Porque una conducta puede analizarse según la función que cumple, las consecuencias que mantiene, el tipo de evitación implicada o el costo interpersonal y psicológico que genera en la vida de la persona.
Entonces ACT no necesariamente preguntaría “¿la infidelidad está bien o mal?”, sino más bien “¿qué función cumple dentro de la vida de esta persona?”, “¿qué costo tiene?” o “¿la persona está acercándose a una vida valiosa o escapando de experiencias dolorosas?”.
Y honestamente, creo que aquí ACT comparte algo muy interesante con FAP: la relación terapéutica no se entiende solo como aplicación técnica, sino también como un espacio donde el terapeuta modela formas de relacionarse con la experiencia humana.
Porque sí, el terapeuta inevitablemente lleva sus valores a sesión. La cuestión no es eliminar eso, sino qué tan flexible puede ser frente a ellos sin perder contacto genuino con el paciente.
Y creo que esa diferencia cambia bastante la discusión.