17/05/2026
A esta conducta paradójica se le pueden dar diferentes nombres (deseo, condición de goce, pulsión de muerte, etc.), pero lo más importante es el fenómeno, su constatación: hay objetos (cosas o personas) de los que cuesta separarse, aunque no se los quiera.
No digo que hagan mal, porque incluso esto no es tan claro. Mejor dicho, la idea de “hace mal” es más veces un saber antes que una vivencia. Y el saber es impotente para tomar decisiones concretas. En todo caso, si me hace mal tengo que vivir ese malestar y que me haga decir “No lo quiero”.
Pero ahí ocurre que, aunque no lo quiera, no lo puedo dejar. Un consumo, un vínculo, lo que sea, a lo que me ata una excitación negativa, pero no suficiente para que produzca una reacción de rechazo. ¿Cómo se explica esto?
Desde el punto de vista de Freud es lo propio de los objetos pre-edípicos, aquellos con los que el corte no es una necesidad para su constitución. Por ejemplo, muchas veces un niño está listo para dejar el pañal y no lo deja hasta que otro se lo pide.
De la misma manera, hay personas que sienten un alivio enorme cuando se les vence una fecha o alguien le pone el punto final a una situación que ellos no podían terminar. Esta última circunstancia a veces suele pensarse como propia de obsesivo que procastina, pero en realidad es una regresión que solo requiere que alguien diga: “Basta, hasta acá”.
A veces esa es la función que tiene el fin de la sesión cuando se dice “Dejamos aquí”, para que lo dicho —sobre todo cuando alguien se pegoteaba con su palabra— quede en el espacio analítico y permita pasar a otra cosa.