11/03/2026
EL MÁXTLATL
La primera vez que me puse el máxtlatl
me dio vergüenza.
Aunque ya caminaba en los temazcales
y empezaba a danzar,
aunque algo dentro de mí ya sentía que ese era mi camino…
yo venía de un mundo muy distinto.
Y en mi cabeza aquello
seguía siendo un “taparrabo”.
Había crecido con otra idea,
con otra mirada sobre esas cosas.
Así que caminar así frente a otros
me hacía sentir expuesto.
Raro.
Fuera de lugar.
En ese momento yo ya sentía el llamado del camino,
pero todavía no lo entendía.
Mucho menos entendía sus símbolos.
Un día alguien que sabía más que nosotros
dijo algo que nunca se me olvidó.
Dijo que el máxtlatl
no era una prenda cualquiera.
Que antiguamente
no cualquiera podía portarlo.
Que era una vestimenta de hombres
que habían demostrado disciplina,
honor
y respeto.
Y que si hoy se nos permitía usarlo
no era necesariamente porque ya fuéramos dignos…
Sino porque alguien tenía que seguir caminando
para que el camino no muriera.
Portarlo era un acto de continuidad.
Pero también nos dijeron algo más importante.
Que el máxtlatl
no te vuelve honorable.
Que el atuendo
no crea el carácter.
Que el camino puede empezar por lo que portas…
Pero la dignidad se demuestra
con cómo vives.
Con cómo hablas.
Con cómo tratas a otros.
Con cómo sostienes tu palabra.
Con cómo caminas cuando nadie te ve.
Con los años,
mientras la danza y la medicina
fueron entrando más profundo en mi vida,
algo cambió.
Aquello que al principio me daba vergüenza
se volvió otra cosa.
Respeto.
Orgullo.
Un recordatorio constante
del camino que intento caminar.
Quizá hoy todavía no seamos tan dignos
como lo fueron los antiguos que lo portaban.
Pero al menos entendí algo.
Que el máxtlatl,
el huipil,
la pluma,
la danza…
no son adornos.
Son recordatorios.
Recordatorios de que lo que portas afuera
tienes que aprender
a encarnarlo adentro.
Porque ponerse el atuendo
es fácil.
Volverse digno de él
es el verdadero camino.
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