22/08/2026
Miguel entró al consultorio sonriendo, bien vestido, caminando sin problema. Ese era justo su problema.
"Nadie me cree que me duele. Hasta en mi casa piensan que exagero."
Un año llevaba así. Sin levantar a sus hijos, sin una noche entera de sueño, lejos del gym y de los planes de fin de semana. El dolor no le había quitado solo la movilidad — le había quitado los pedazos de vida que lo hacían sentir él.
Eso es lo cruel del dolor crónico: no se ve, así que nadie lo valida. Y cargarlo solo pesa el doble.
Empezamos con infiltraciones guiadas. Para la tercera semana, la diferencia no estaba solo en cómo se movía, sino en cómo llegaba: más ligero, más presente, más él.
Lo resumió mejor que yo: "Volví a ser yo."
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