01/06/2026
Como psicóloga, como mujer y como persona comprometida con la protección de niñas, niños y adolescentes, no puedo permanecer indiferente ante situaciones donde una menor expresa miedo, angustia y presuntas experiencias de violencia o abuso.
Circula en redes material audiovisual en el que una niña relata de manera espontánea, detallada y emocionalmente intensa hechos lamentables.
Más allá de cualquier disputa legal entre adultos, existe algo que no debe perderse de vista: el sufrimiento de una niña. Ningún procedimiento, cargo público, influencia, poder económico puede estar por encima del derecho de una menor a ser escuchada, protegida y atendida en un entorno seguro.
Quienes trabajamos con la infancia sabemos que el miedo, el llanto inconsolable, la desesperación por no permanecer con determinada persona y las manifestaciones reiteradas de angustia son señales que deben ser atendidas con absoluta seriedad.
También resulta preocupante cualquier circunstancia que pudiera obstaculizar el acceso de una menor a redes de apoyo afectivo, familiares protectores o espacios donde pueda expresarse libremente. La prioridad debe ser siempre su bienestar físico y emocional.
Como mujer, me resulta imposible ignorar el dolor de una madre que teme por la seguridad de su hija. Como psicóloga, me preocupa profundamente el impacto emocional que generan en una pequeña. Y como defensora de la niñez, sostengo que toda menor tiene derecho a ser protegida mientras los hechos son esclarecidos.
Las niñas no deberían tener que gritar para ser escuchadas.
Las niñas no deberían cargar con el peso de demostrar su sufrimiento.
Las niñas no deberían sentirse solas cuando piden ayuda.
Hoy mi postura es clara: toda manifestación de posible violencia hacia una niña merece una investigación inmediata, especializada y libre de cualquier tipo de presión o influencia. La protección de la infancia debe estar por encima de cualquier interés personal, político o institucional.
Que la voz de esta niña sea escuchada. Que sus derechos sean garantizados. Y que las decisiones que se tomen tengan como centro su seguridad, su dignidad y su bienestar.
- Romina G. Psicóloga