10/04/2026
Desde mi formación , y desde mí observación en mis prácticas en escuelas, puedo avisorar que esto empieza en las aulas, donde un docente desbordado no puede atender la diversidad de ritmos y estilos de aprendizaje. Continúa en las escuelas que piden soluciones rápidas porque no tienen herramientas para gestionar la diferencia. Y termina en el sistema de salud, que muchas veces cierra el diagnóstico en una entrevista de veinte minutos. Lo que Kagan propone como alternativa no es novedoso, pero requiere tiempo, voluntad y recursos: tutorías, acompañamiento terapéutico real, docentes formados para reconocer las particularidades de cada niño, ENTORNOS QUE SE ADAPTEN A LAS PERSONAS Y NO AL REVÉS.
Un niño que no puede concentrarse quizás está procesando algo que ningún adulto se tomó el trabajo de preguntarle. Uno que parece deprimido puede estar transitando una pérdida, una crisis familiar, un cambio de vida que nadie supo nombrar a tiempo. Uno que estalla con facilidad puede ser extraordinariamente sensible a un entorno que lo sobrepasa. Ninguna de esas realidades se resuelve con metilfenidato.
Ojo que esto no implica negar la existencia de trastornos reales que requieren tratamiento, incluido el farmacológico. Hay cuadros genuinos que necesitan medicación, y negarlos sería tan irresponsable como sobrediagnosticar. El problema es el camino fácil, etiquetar primero, explorar después, o directamente no explorar. Porque un diagnóstico inadecuado no es un error neutro, puede transformarse en la causa de problemas más graves que los síntomas originales, puede condicionar la identidad de un chico durante años, puede convencerlo de que algo está roto en él cuando lo único roto es el sistema que lo evalúa.
La psicología y la psicopedagogía tienen una deuda con la infancia. Y no se salda con fármacos mal recetados que destruyen las infancias.