28/07/2026
Para psicoanalizarse no solo es preciso sufrir, sino también estar dispuesto a hablar de ese sufrimiento. Y al hablar, encontrarse con que lo que contamos no es tan así como lo decimos, pero así nos sale. Psicoanalizarse es hablar más allá de lo que uno sabe de sí mismo, casi como quien cuenta una historia un poco inventada y que se modifica por el efecto que produce el interlocutor. De todos modos, es mejor que sea así, porque no hay nada más mentiroso que contar lo mismo en todas partes, siempre de la misma manera.
Esa transformación que sufre el relato del paciente, cuando se lo cuenta al analista, es una primera elaboración del sufrimiento inicial. Una elaboración que incluye la presencia del analista. Esta inclusión se llama “transferencia” y es la manera particular en que alguien le habla a un analista particular, a ese analista. Si no se le hablara a un analista puntual, no podría haber análisis.
Analizarse siempre es analizarse “con” tal o cual analista. No con una función o una inteligencia artificial. El análisis de alguien lleva las huellas de ese analista, porque su presencia condicionó la forma específica que asumió la transferencia —muchas veces sin que lo supiera, de un modo en el que se va a enterar con el tiempo.
Esta misma disposición transferencial, necesaria para analizarse, también es necesaria para la relación de los analistas con el psicoanálisis. ¿Se animan a decir el paicoanálisis de otra manera? ¿O se rinden a un vocabulario, una teoría, una escuela, un autor, para decir las cosas de una única manera?
Practicar el psicoanálisis requiere no solo haber estudiado, sino una transferencia con el psicoanálisis y su experiencia, para decir algo que, en principio, parece que no es psicoanálisis.
Hasta que el tiempo demuestra que sí lo era.