31/07/2026
Título: ANTE LA LUZ ETERNA DE RUBÉN DARÍO.
Autor: Dr. Caryl José Barquero Ramos.
d.r.a.
Fecha: 31 julio 2026
País: Nicaragua.
Señores:
Hay momentos en la vida de los pueblos en
que las palabras se vuelven insuficientes.
Momentos en que la inteligencia se detiene
y el alma, simplemente, contempla.
Hoy es uno de ellos.
Ha mu**to Rubén Darío.
Y ante su partida, no basta el análisis ni la razón.
Porque hay realidades que no se explican:
se sienten, se escuchan, se veneran.
Darío no fue solo un poeta. Fue un hombre que
supo oír lo que otros no oíamos: la voz del agua,
el suspiro de la noche, el temblor del mundo invisible.
Y de esa escucha nació su obra.
Fue un vidente, no por lo que vio, sino por lo que
supo mirar más allá de las cosas. Donde otros veían
una flor, él encontraba un misterio; donde otros veían
una estrella, él escuchaba una pregunta.
Por eso su poesía no se lee solamente: se habita.
Se recorre como un jardín de símbolos, de luces y
de sombras, donde conviven la belleza y la angustia,
el esplendor y la duda.
Porque Darío conoció la gloria, pero también la soledad.
Conoció el aplauso, pero también el abismo. Y de esa
tensión nació su grandeza: la de un espíritu que nunca
dejó de buscar.
Buscó en la cultura, en los mitos, en los libros, en el amor,
en la belleza… y al final de todos los caminos encontró
al hombre, y detrás del hombre, el misterio. Y frente al
misterio, volvió siempre la mirada hacia lo eterno.
Por eso su obra es humana y trascendente a la vez:
porque canta la vida sabiendo que la vida pasa, y
celebra la belleza sabiendo que es frágil.
Desde Nicaragua, tierra herida y fecunda, surgió su voz.
Y esa voz transformó el idioma, lo elevó, lo hizo música,
relámpago, oración.
Pero Darío no pertenece solo a su patria. Pertenece al
idioma, a América, al mundo. Aunque hay una verdad
que nadie puede borrar: aquí nació su luz.
Hoy no venimos a despedirlo, porque a los grandes poetas
no se les despide. Se les reconoce, se les escucha, se les
continúa.
Su cuerpo vuelve a la tierra, pero su palabra no muere.
Porque la palabra verdadera no se entierra: permanece.
Canta en el niño que lo descubre, en el joven que lo
busca, en el hombre que lo recuerda, en el alma que
aún se pregunta por la belleza y el sentido.
Y quizá por eso, hoy, más que hablar, debemos escuchar.
Escuchar el silencio, las campanas, la memoria de esta
tierra.
Porque tal vez en ese silencio aún resuene su voz,
diciéndonos que la muerte no vence cuando ha habido
creación, que el tiempo no destruye lo que ha sido canto.
Rubén Darío ha mu**to, sí. Pero su obra comienza ahora
su verdadera vida: la de la eternidad.
Y mientras exista una palabra que busque belleza,
mientras una estrella siga interrogando la noche,
mientras un ser humano se atreva a soñar,
Rubén Darío seguirá vivo.
Vivo en la poesía.
Vivo en la memoria.
Vivo en Nicaragua.
Vivo en la luz que ninguna sombra puede apagar.