16/04/2026
Si a tu casa entra un delincuente y roba, ¿le echarías la culpa a alguien de tu familia?
Probablemente no. Porque cuando algo irrumpe y duele, culparnos entre nosotros no repara nada, solo desgasta el vínculo que nos sostiene.
Sin embargo, eso es lo que está pasando. Frente a la incertidumbre, aparecen los reproches: “ustedes tienen la culpa”, “los que votaron por uno”, “los que votaron por el otro”. Y sin darnos cuenta, el malestar se desplaza hacia el más cercano. Es una reacción humana: cuando sentimos miedo, enojo o frustración, buscamos responsables. Pero ese “alivio” es momentáneo…después queda la distancia.
Pensar distinto no es atacar.
Votar diferente no convierte al otro en enemigo.
Detrás de cada decisión hay historias, temores, expectativas y formas distintas de entender la realidad.
Pretender que todos piensen igual borra esas diferencias y transforma el desacuerdo en confrontación.
Culpar al otro no cambia el escenario, pero sí rompe algo más íntimo que es la posibilidad de escucharnos, de reconocernos, de seguir sintiendo que, a pesar de todo, estamos del mismo lado como sociedad.
Tal vez este momento nos pide algo más difícil: tolerar la diferencia sin descalificar y sin humillar, sostener el vínculo aun cuando no coincidimos y recordar que ninguna postura vale más que el respeto con el que tratamos al otro.
Porque cuando todo se vuelve incierto, lo más importante no es quién tuvo la razón, sino cómo nos cuidamos entre nosotros