12/07/2026
A poco más de seis meses desde que decidí tomar una pausa con Satsun Yoga, me gustaría compartir un poco de mi experiencia como instructora, guía o facilitadora.
Mi conexión con la práctica de yoga siempre tuvo una base laica, y eso llegó a conflictuarme bastante, porque el yoga tiene una esencia mística muy fuerte. Yo no llegué a conectar con esa parte, aunque entiendo que, por su naturaleza, es una dimensión importante.
Una parte de mí sentía que se estaba apropiando de una cultura; otra intentaba comprender que esos saberes han tenido un alcance mundial y que pueden estar al servicio de los demás.
Me gusta pensar que el pequeño legado que construí tuvo como base una filosofía más simple: ofrecer un espacio donde sea seguro y grato abrazar el bienestar, sin culpas, sin perfeccionismo y sin exigencias que drenen nuestra energía vital diaria.
Difícilmente pude abrazar la imagen de alguna deidad para hacerla parte de mi vida. Tampoco pude pensar en “abrir” o “sanar chakras”.
Esos puntos de quiebre me hicieron replantear mi vocación con el yoga tradicional. Pero también me dejaron una pregunta todavía abierta: ¿y si el yoga no se ha actualizado? No hablo de la alienación de la modernidad, sino de la posibilidad de que el yoga, como filosofía y como lente vital, renazca en nuestros tiempos. Quizás pueda hacerlo abrazando el trabajo de las personas en las ciencias y reconociéndonos como seres complejos, que no siempre necesitamos sacrificios, restricciones ni silencios prolongados, sino una forma más amable de estar y sostenernos.
Si miramos el yoga incluso solo desde su dimensión corporal, podemos encontrar una manera de movernos que no siempre requiere horario ni rutina específica: podemos celebrar, cada día, que el movimiento es vida y que la vida se celebra en movimiento.
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