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Behavioral Horizon (Vero F. Verona)

Psicólogo clínico | REBT & TCC | Neuropsicología | Integrando ciencia y tecnologías convergentes para la comprensión del comportamiento humano, acompañando la transformación de conductas, emociones y potenciales.

  Durante décadas, las neurociencias pudieron registrar la actividad de las neuronas, correlacionarla con determinadas c...
08/10/2026

Durante décadas, las neurociencias pudieron registrar la actividad de las neuronas, correlacionarla con determinadas conductas e intervenir sobre el sistema nervioso mediante procedimientos eléctricos o farmacológicos. Sin embargo, persistía una dificultad metodológica: ¿cómo establecer la participación causal de una población neuronal específica en un fenómeno conductual sin alterar indiscriminadamente otros circuitos?

El Premio Nobel de Fisiología o Medicina 2026, anunciado el 5 de octubre, reconoce las investigaciones de Karl Deisseroth, Peter Hegemann y Georg Nagel, cuyos descubrimientos contribuyeron decisivamente al desarrollo de la optogenética.

La historia comienza lejos del cerebro humano.

Al estudiar la respuesta a la luz de Chlamydomonas reinhardtii, un alga verde unicelular, las investigaciones de Hegemann, Nagel y sus colaboradores permitieron identificar y caracterizar proteínas fotosensibles denominadas canalrodopsinas.

Una de ellas, la canalrodopsina-2 (ChR2), funciona como un canal iónico activado por luz. Cuando recibe iluminación apropiada, permite el flujo de cationes a través de la membrana celular, modificando su potencial eléctrico.

En 2005, Deisseroth y sus colaboradores demostraron que era posible expresar esta proteína en neuronas de mamíferos y controlar sus potenciales de acción mediante pulsos luminosos, con una resolución temporal de milisegundos. Los desarrollos posteriores extendieron estas posibilidades al estudio de circuitos cerebrales en animales vivos.

Lo extraordinario no consistió simplemente en iluminar una neurona, sino en convertir la luz en una variable experimental capaz de modificar selectivamente su funcionamiento.

De este modo, la investigación neurocientífica adquirió nuevas posibilidades para examinar circuitos involucrados en memoria, aprendizaje, respuestas emocionales, conducta motora y diferentes procesos fisiológicos.

Sus implicaciones también alcanzan la investigación de enfermedades como el párkinson y la epilepsia, además del desarrollo experimental de intervenciones para determinados trastornos neuropsiquiátricos. En el terreno clínico, una de las aplicaciones más prometedoras se encuentra en las investigaciones destinadas a restaurar parcialmente la sensibilidad visual de personas con degeneraciones retinianas avanzadas.

No obstante, conviene establecer una distinción fundamental.

Modificar la actividad de un circuito neuronal y producir un cambio conductual no equivale a explicar exhaustivamente la experiencia subjetiva que acompaña a dicho comportamiento.

La optogenética permite examinar relaciones causales entre acontecimientos neurofisiológicos y sus consecuencias funcionales. Pero la identificación de estas relaciones no autoriza, por sí misma, a reducir la totalidad de la experiencia psicológica a un conjunto de interruptores neuronales.

El organismo sigue siendo un sistema abierto, cuya actividad se organiza en una relación dinámica con las condiciones ambientales, su historia de aprendizaje y sus propias posibilidades de reorganización.

Precisamente por ello, este Nobel representa mucho más que una innovación tecnológica: constituye una ampliación extraordinaria de nuestra capacidad para interrogar experimentalmente los mecanismos de la actividad nerviosa.

Una investigación iniciada con un organismo unicelular terminó modificando las posibilidades metodológicas de la neurociencia contemporánea.

Quizá una de las lecciones más significativas de este descubrimiento sea que la ciencia no avanza únicamente al encontrar nuevas respuestas, sino también al desarrollar instrumentos capaces de formular preguntas que antes no podían someterse a contrastación experimental.

22/09/2026

Hay algo extrañamente ingenuo en creer que una conducta sedimentada durante años puede reorganizarse porque un adolescente pegó un papelito de color en una vistosa cartulina durante cuarenta divertidos minutos, en una didáctica charla motivacional.

No desprecio el taller por ser taller, eso sería un despropósito. Desconfío del espejismo de convertirlo en intervención suficiente. Hablamos de ansiedad, violencia, sexualidad, consumo, autoestima, vínculos, frustración, toma de decisiones; asuntos que atraviesan el cuerpo, la historia individual, las contingencias familiares, el grupo de pares y una cultura de la inmediatez "dadaista" que ahora se introduce en el organismo a través de una pantalla durante varias horas al día. Después pretendemos competir contra todo aquello con una charla eventual, tres preguntas y un corazón dibujado en un globo.

Mi propuesta es bastante menos ornamental: Psicología debería ser un curso obligatorio en las instituciones educativas. Y debería tener nota.

No porque corresponda calificar quién está triste, quién tiene mayor autoestima o quién posee una supuesta “inteligencia emocional” de A - AD. Eso sería conceptualmente grotesco. Se evalúa conocimiento: si el estudiante comprende cómo aprende un organismo, cómo funcionan atención y memoria, qué papel desempeñan emoción y cognición, cómo una conducta adquiere y conserva su función, cómo opera el refuerzo, qué es un sesgo, por qué recordar no equivale a reproducir, cómo distinguir evidencia de intuición, tristeza de depresión, correlación de causalidad, deseo de consentimiento o una explicación científica de una etiqueta seductora.

La neurociencia puede mostrarle que el aprendizaje modifica sistemas y que la memoria no es un depósito intacto; el conductismo, que buena parte de aquello que llamamos elección ocurre dentro de historias concretas de aprendizaje y consecuencias; la antropología, que nuestros modos de amar, avergonzarnos, competir, obedecer o pertenecer tampoco emergen en el vacío; y la ciencia, finalmente, puede enseñarle algo todavía más importante: a desconfiar mesuradamente de aquello que parece evidente, incluso cuando la evidencia aparente proviene de uno mismo.

Y sí: con nota. Porque aquello que una institución evalúa adquiere pertinencia, continuidad, exigencia y prestigio académico. Obliga a secuenciar contenidos, estudiar, recuperar información, equivocarse, corregir, argumentar y volver a enfrentarse al problema. No garantizará por sí solo mejores personas -la Psicología tampoco debería prometer semejante superstición-, pero resulta difícil sostener que cinco años de estudio progresivo sobre conducta, cognición, cerebro y cultura sean equivalentes a escuchar dos veces por semestre que debemos “gestionar nuestras emociones y ser empáticos”.

11/09/2026
  🧠 El espejismo del libre albedrío: cuando la neurociencia comienza a dialogar con la filosofíaObservar al ser humano d...
06/07/2026

🧠 El espejismo del libre albedrío: cuando la neurociencia comienza a dialogar con la filosofía

Observar al ser humano desde la lente de una sola disciplina puede dar la ilusión de comprensión, pero inevitablemente reduce la complejidad de la conducta. ¿Somos realmente arquitectos de nuestras decisiones o el resultado de un entramado de biología, historia, aprendizaje y contexto?

Tras más de cuarenta años de investigación en neuroendocrinología y comportamiento, el neurobiólogo Robert Sapolsky llega a una conclusión tan incómoda como fascinante: el libre albedrío, entendido como una capacidad de decidir al margen de las causas biológicas y ambientales, probablemente sea una ilusión. Lejos de destruir la ética, esta idea propone una justicia más sofisticada: cuanto mejor comprendamos las causas de la conducta, más racionales serán nuestras decisiones sociales, jurídicas y clínicas.

Aunque hoy la discusión parezca nueva, en realidad tiene siglos de antigüedad. En el siglo XVII, Baruch Spinoza escribía: "Los hombres se creen libres porque son conscientes de sus acciones e ignoran las causas que las determinan." Dos siglos más tarde, Arthur Schopenhauer desarrolló esa intuición en Sobre la cuádruple raíz del principio de razón suficiente, sosteniendo que todo fenómeno posee una causa suficiente. Su conocida sentencia resume magistralmente el problema: "El hombre puede hacer lo que quiere, pero no puede querer lo que quiere."

La ciencia moderna no parece contradecirlos; por el contrario, comienza a describir los mecanismos biológicos que podrían explicar aquella intuición filosófica.

Karl Popper recordaba que todo conocimiento debe ser falsable; Mario Bunge insistía en que ninguna explicación merece llamarse científica si no puede sostenerse sobre mecanismos materiales verificables. Bajo ese criterio, el libre albedrío deja de ser únicamente un problema metafísico para convertirse también en una pregunta empírica.

Detente un momento. Quizá decidiste continuar leyendo este texto. O quizá pensaste en abandonarlo. La pregunta realmente interesante no es qué hiciste, sino si elegiste conscientemente sentir curiosidad o si la curiosidad apareció antes de que fueras consciente de ella.

Los experimentos de Benjamin Libet marcaron un antes y un después. Su equipo encontró que el denominado potencial de preparación aparecía aproximadamente 550 milisegundos antes del movimiento voluntario, mientras que la experiencia consciente de "haber decidido" surgía alrededor de 200 milisegundos antes de actuar. Décadas después, John-Dylan Haynes mostró que algunos patrones de actividad cerebral permitían anticipar decisiones simples hasta siete segundos antes de que el participante afirmara haberlas tomado conscientemente. Aunque estos experimentos siguen siendo debatidos en cuanto a su interpretación, abrieron una pregunta imposible de ignorar: ¿la conciencia inicia realmente la decisión o simplemente llega tarde a explicarla?

La biología tampoco permanece al margen. El cerebro humano pesa apenas alrededor del 2 % del cuerpo, pero consume aproximadamente el 20 % de toda la energía que producimos. Está compuesto por cerca de 86 mil millones de neuronas, conectadas mediante cientos de billones de sinapsis que intercambian información de forma continua. Mientras tanto, la corteza prefrontal, región estrechamente relacionada con la planificación, la inhibición de impulsos y el razonamiento, continúa madurando hasta aproximadamente los 25 o incluso 30 años.

Nuestra fisiología modifica constantemente aquello que llamamos "decidir". El hambre altera el juicio; la privación del sueño disminuye el control ejecutivo; el estrés activa el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal; la amígdala modifica nuestra percepción del peligro; neurotransmisores como la dopamina, la serotonina y la noradrenalina cambian la motivación, el aprendizaje y la conducta. No decidimos igual bajo amenaza que en calma, ni después de una noche de insomnio que tras un descanso reparador.

Antonio Damasio mostró que emoción y razón no son sistemas enfrentados, sino profundamente interdependientes. Daniel Kahneman evidenció que una gran parte de nuestras decisiones emerge de procesos automáticos antes de cualquier deliberación consciente. Albert Bandura explicó cómo aprendemos observando a otros, mientras que B. F. Skinner describió cómo las contingencias ambientales moldean sistemáticamente nuestra conducta. Desde perspectivas diferentes, todos apuntan hacia una misma dirección: nuestras decisiones rara vez nacen en el vacío.

Sapolsky sintetiza décadas de evidencia con una frase que resume toda esta discusión:

"El comportamiento siempre proviene de estímulos externos. Las babosas marinas pueden aprender a retirarse reflexivamente de una descarga eléctrica. A través de las mismas vías bioquímicas, los humanos cambiamos por la exposición a eventos externos de maneras que rara vez vemos venir."

Todo ello no implica que el ser humano sea una máquina ni que la responsabilidad desaparezca. Significa algo mucho más interesante: la responsabilidad solo puede comprenderse si primero entendemos las causas que la hacen posible. Castigar sin comprender es tan limitado como diagnosticar sin evaluar.

Quizá el libre albedrío no desaparece cuando aparece la ciencia; quizá lo único que desaparece es nuestra ilusión de comprendernos completamente. Como intuía Spinoza hace más de tres siglos, ignorar las causas nos hace sentir libres; conocerlas, en cambio, nos hace un poco más humildes. Y tal vez esa humildad sea el verdadero comienzo de la libertad intelectual.

Referencias:

Aristóteles. (2009). Ética a Nicómaco (J. Pallí Bonet, Trad.). Gredos. (Obra original publicada ca. 350 a. C.).

Bandura, A. (1986). Social foundations of thought and action: A social cognitive theory. Prentice Hall.

Bunge, M. (2002). Crisis y reconstrucción de la filosofía. Gedisa.

Bunge, M. (2004). Emergencia y convergencia: Novedad cualitativa y unidad del conocimiento. Gedisa.

Damasio, A. (2005). En busca de Spinoza: Neurobiología de la emoción y los sentimientos. Crítica.

Haynes, J.-D. (2011). Beyond Libet: Long-term prediction of free choices from neuroimaging signals. Nature Reviews Neuroscience, 12(9), 567–576.

Herculano-Houzel, S. (2016). The Human Advantage: A New Understanding of How Our Brain Became Remarkable. MIT Press.

Kahneman, D. (2012). Pensar rápido, pensar despacio. Debate.

Libet, B. (2004). Mind Time: The Temporal Factor in Consciousness. Harvard University Press.

Popper, K. (2002). La lógica de la investigación científica. Tecnos. (Obra original publicada en 1934).

Sapolsky, R. M. (2017). Behave: The Biology of Humans at Our Best and Worst. Penguin Press.

Sapolsky, R. M. (2023). Determined: A Science of Life Without Free Will. Penguin Press.

Schopenhauer, A. (2019). Sobre la cuádruple raíz del principio de razón suficiente (L. F. Moreno Claros, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1813).

Skinner, B. F. (1971). Beyond Freedom and Dignity. Alfred A. Knopf.

Spinoza, B. (2020). Ética demostrada según el orden geométrico. Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1677).

31/05/2026

Como docente, me resulta especialmente significativo compartir este video donde se recoge el trabajo de mis estudiantes de primer año de secundaria en sus primeras experiencias de proyección social.

Han abordado con seriedad temas como el bullying, el cuidado de los animales y la educación emocional, delineando así un umbral inicial hacia una práctica que, en la universidad, será exigente y estructural.

Lo que aquí se observa no es solo una exposición escolar, sino un ejercicio incipiente de responsabilidad social: ideas que intentan salir de sí mismas para incidir en el otro. Hay en sus intervenciones un ímpetu genuino, una energía que no siempre se logra convocar en etapas tempranas del aprendizaje.

Para mí, como profesor, constituye una retroalimentación profundamente valiosa: confirma que el acto pedagógico, cuando encuentra resonancia, puede convertirse en algo más que transmisión de contenidos.

Puede ser la formación de una mirada.

La Creación de Adán no es una escena teológica, sino un modelo visual de transferencia de causalidad entre dos sistemas ...
31/05/2026

La Creación de Adán no es una escena teológica, sino un modelo visual de transferencia de causalidad entre dos sistemas con niveles distintos de organización.

No hay creación ex nihilo ni violación de leyes físicas. Lo que hay es inducción de complejidad funcional: la mano no transmite sustancia, sino condiciones de posibilidad.

Desde una lectura neurofisiológica, el gesto puede leerse como la metáfora del cerebro en transición: redes aún no estabilizadas, conectividad en formación, y actividad sináptica que todavía oscila entre potencial y estructura. Es el momento previo a que el sistema se vuelva autoorganizado.

El “soplo” no es materia: es transición de estado. El paso de un sistema reactivo a uno capaz de simulación interna, memoria autobiográfica y modelado del yo.

El espacio entre los dedos no es vacío, sino umbral crítico: la región donde la causalidad aún no se ha cerrado en narrativa biológica.

La “creación” no es un evento, sino una transición de fase: organización progresiva hacia coherencia funcional y autorreferencia.

Y lo más decisivo ocurre en el observador: el cerebro no registra el origen, lo reconstruye. La mente convierte una transición continua en un evento fundacional.

Lo que vemos no es el nacimiento del hombre, sino el instante en que el sistema humano aprende a imaginar su propio encendido.

“Quizá la historia universal es la historia de unas cuantas metáforas.”
25/05/2026

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Foto del recuerdo (vacaciones, inocencia e invierno)
23/05/2026

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Algunas de las preguntas que suelo formular para los exámenes. En este caso el curso de procesos cognitivos.
20/05/2026

Algunas de las preguntas que suelo formular para los exámenes. En este caso el curso de procesos cognitivos.

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