26/07/2026
¿POR QUÉ LE HABLAS A LOS MU***OS?
Muchos lo hacemos, aunque pocas veces lo confesamos.
Le contamos nuestro día a mamá o a papá, aunque hace años partieron; vamos al cementerio o nos detenemos frente a su fotografía y les hablamos con la misma naturalidad de siempre.
Cuando debemos tomar una decisión importante, pensamos: "¿Qué me dirías?" Y, de alguna manera, sentimos que conocemos la respuesta.
También sucede cuando vivimos uno de esos momentos que nos cambian la vida, un nacimiento, un matrimonio, un logro, una pérdida; lo primero que deseamos es ir a contarles la noticia, como lo hacíamos cuando estaban aquí a nuestro lado.
Y casi siempre aparece alguien que dice:
"Tienes que aceptar que ya no está."
"Debes dejar de vivir en el pasado."
"Hablar con alguien que murió no es normal."
Pero el amor no desaparece cuando una persona muere.
La psicología ha explicado que a quienes hemos amado profundamente, no solo forman parte de nuestros recuerdos, también pasan a formar parte de nosotros, su voz, sus consejos, sus gestos, sus valores, su forma de mirar el mundo y de afrontar la vida quedan integrados en nuestra manera de ser.
Por eso, cuando les hablamos, no estamos negando su ausencia, sabemos perfectamente que ya no están físicamente, y precisamente por eso sigue doliendo; lo que hacemos es mantener un vínculo con todo aquello que sembraron en nosotros.
Cuando les preguntamos qué harían en una determinada situación y sentimos que "nos responden", no es porque hayamos perdido la razón, es porque los conocimos tan profundamente que su manera de pensar sigue viva en nuestro corazón, sabemos qué nos aconsejarían, qué nos advertirían, qué celebrarían con nosotros o qué abrazo nos darían en ese momento.
El duelo no consiste en olvidar a quien amamos, nadie sana dejando de amar.
Sanar significa aprender a vivir con una ausencia que nunca dejará de sentirse, transformando una presencia física en una presencia interior. Nuestros mu***os dejan de caminar a nuestro lado, pero nunca dejan de estar dentro de nosotros.
Por eso seguimos hablándoles, porque seguimos necesitándolos, porque seguimos amándolos; y porque, aunque ya no puedan responder con palabras, todavía buscamos su aprobación cuando tomamos una decisión importante, cuando queremos compartir una alegría o cuando la vida nos pone frente a un desafío, no buscamos permiso para vivir; buscamos sentir que aquello que hacemos también honraría su memoria, el amor, los valores y las enseñanzas que nos dejaron.
Hablarles es una manera de mantener viva esa relación que la muerte transformó, pero no destruyó.
Todas las culturas, de una u otra forma, han encontrado maneras de recordar a sus mu***os, visitando sus tumbas, conservando fotografías, celebrando aniversarios, rezando, conversando con ellos o simplemente guardando un momento de silencio, esos rituales no existen porque las personas no acepten la muerte; existen porque el amor necesita un lugar y un tiempo donde seguir expresándose.
Quizá el mayor legado que una persona puede dejar no sea una herencia material, sino una voz interior que nos acompañe para siempre.
Esa voz que nos calma cuando tenemos miedo.
La que nos recuerda hacer lo correcto.
La que celebra nuestros logros.
La que nos anima cuando sentimos que no podemos más.
Mientras exista alguien que recuerde con amor, que sonría al evocar una enseñanza, que repita una frase aprendida o que, en un momento importante de su vida, levante la mirada al cielo para decir: "¿Qué harías tú?", esa persona seguirá teniendo un lugar en nuestro mundo.
Porque el amor verdadero no termina con la muerte; solo se transforma, y quienes ya partieron solo dejan de vivir frente a nuestros ojos para comenzar a vivir, para siempre, dentro de nuestro corazón.
"Dicen que los mu***os se van cuando dejan de respirar, yo creo que se van cuando dejamos de recordarlos y nombrarlos; mientras alguien les hable, los recuerde, los extrañe y procure vivir de una manera que los haga sentir orgullosos, seguirán habitando en el único lugar donde la muerte nunca ha podido entrar: EL AMOR."
Créditos: Freud, S. (1992). Duelo y melancolía, en Obras completas (Vol. 14, pp. 235-255). Amorrortu. (Trabajo original de 1917).