20/09/2026
Lo ocurrido recientemente con un grupo de adolescentes en Lima, nos confronta con una realidad que no podemos minimizar, la normalización de la violencia, la transgresión y el irrespeto en nuestra sociedad.
Cuando hablamos de violencia, muchas veces pensamos únicamente en dos figuras: quien agrede y quien es agredido, sin embargo también están los espectadores.
Vale la pena preguntarnos qué puede estar ocurriendo detrás de cada uno de ellos.
Detrás de quien agrede suele existir una tremenda falta de empatía e insensibilidad, búsqueda de poder, necesidad de aceptación, presión del grupo, normalización de la violencia o mecanismos que permiten minimizar lo ocurrido: “Era una broma”, “Son cosas de chicos”, No fue para tanto”. Comprender estos procesos psicológicos no significa justificar la agresión. Significa entender qué sucede detrás y qué podemos prevenir.
Del otro lado está quien recibe la violencia. Una persona agredida puede sentir miedo, vergüenza, confusión, no saber cómo reaccionar y hasta incluso pensar que es responsable de lo ocurrido.
Pero, existe un tercer protagonista del que se habla mucho menos, el/los espectadores: quien mira, comparte y aprueba en silencio, convirtiéndose en parte del reforzamiento de la agresión.
Por ello, una pregunta incómoda pero necesaria de hacernos es ¿Qué estamos enseñando a nuestros hijos sobre lo que deben hacer cuando presencian el sufrimiento de otra persona? Una persona SIEMPRE puede elegir no participar, no compartir, buscar ayuda, decir firmemente: “esto no está bien”. Por eso, la prevención de la violencia no puede reducirse a decirle a un menor: “Defiéndete”. También tenemos que enseñar a quienes están alrededor a no convertirse en parte de la violencia.
Y no podemos dejar de mirar también a los adultos y a las instituciones. ¿Estamos atentos a las primeras humillaciones o maltratos? ¿Escuchamos cuando un menor dice que algo le incomoda? ¿Intervenimos cuando todavía parece algo “pequeño”? ¿O esperamos hasta que ocurra algo grave para reconocer que había un problema?
La violencia no comienza necesariamente el día en que alguien denuncia. Suele empezar mucho antes. Empieza cuando humillar se convierte en broma o diversión. Cuando el sufrimiento del otro, deja deja de generar empatía o de sensibilizarnos, cuando todos saben que algo ocurre, pero nadie dice nada. Cuando una conducta dañina empieza a ser considerada “normal”.
Por eso, frente a situaciones como ésta, quizá la pregunta no debería ser solamente: ¿Qué le pasó a estos adolescentes? También deberíamos preguntarnos: ¿Qué tipo de cultura estamos construyendo para que nuestros jóvenes entiendan lo que significa respetar al otro, poner límites, pedir ayuda y actuar cuando alguien está siendo violentado?
Porque prevenir la violencia es responsabilidad de todos. De quienes educamos, de quienes acompañamos desde distintos contextos, de quienes observamos, y tambien de quienes, teniendo la posibilidad de intervenir, decidimos no mirar hacia otro lado.
Lo que un grupo normaliza puede convertirse en una herida profunda para otra persona. Y quizás una de las formas más importantes de prevención sea enseñar desde muy temprano algo sencillo: si alguien está sufriendo, esto NUNCA será una broma.
Porque tristemente, cuando una conducta de abuso, maltrato o violencia recibe risas, aprobación o simplemente la indiferencia, puede comenzar a parecer normal y en eso, considero, radica uno de los grandes peligros.
Natalia Ferrero
Psicóloga psicoterapeuta
Directora