18/01/2026
El escribidor y la princesa
Caminaba sin prisa por el Jr. de la Unión, dejando que mis pasos se perdieran entre las piedras gastadas del tiempo. Era una de esas tardes en las que Lima parece suspender su ruido, como si la ciudad respirara hondo antes de volver a gritar. A lo lejos, para mi sorpresa, no había gente. Ningún vendedor, ningún transeúnte apurado, ningún murmullo. Solo el silencio… y una pareja.
Ella avanzaba despacio, como si no tuviera urgencia de llegar a ningún lugar. Llevaba un sombrero que cubría su cabeza del sol implacable, como si protegiera no solo su piel, sino también sus pensamientos. Unos lentes marrones ocultaban su mirada, pero no podían esconder la belleza serena de su sonrisa. Había en ella una luz tranquila, una elegancia natural que no se aprende ni se finge. En ese instante, para mí, no era una mujer cualquiera: era una princesa caminando entre mortales.
Él iba a su lado, atento, casi reverente. En un gesto que me detuvo el corazón, tomó su mano y la besó suavemente, como se saluda a una princesa en los cuentos antiguos, con respeto, con devoción, con la certeza de que ese acto encierra más palabras que cualquier discurso. Aquella escena me sobrepasó. Me detuve. Sentí que estaba invadiendo un momento sagrado.
Por un instante creí que el mundo se había transformado ante mis ojos. Que estaba presenciando una historia ajena al tiempo, escrita solo para mí. Pero entonces, como ocurre siempre, la razón me alcanzó. Parpadeé. Respiré hondo. Y comprendí que todo era producto de mi imaginación. No eran reyes ni princesas. Eran simplemente dos personas tomadas de la mano, compartiendo un instante de amor cotidiano, sencillo, humano.
La realidad cayó sobre mi rostro como un golpe frío. Me obligó a volver en mí. Yo lo sabía, aunque no quisiera aceptarlo: las dificultades para continuar aquella relación eran demasiadas. No porque faltara amor, sino porque sobraba vida. Ambos tenían caminos distintos, historias marcadas por decisiones pasadas, relaciones difíciles que aún pesaban, familias, responsabilidades, compromisos que no se rompen sin dejar heridas. Todo aquello que la vida impone y que no se borra con besos ni promesas.
Y aun así, se amaban. Lo sabía. Se notaba en la forma en que se miraban, en cómo sus manos se buscaban sin esfuerzo, en abrazos interminables del alma, en ese silencio cómodo que solo existe cuando dos almas se reconocen. Pero el amor, por sí solo, no siempre es suficiente. A veces llega tarde. A veces llega cuando todo está en su lugar… menos el tiempo.
Por eso, cuando salían de esos instantes hermosos —breves, intensos, casi robados— volvían a la realidad que evitaban confrontar. Una realidad dura, incómoda, llena de preguntas sin respuestas. Una realidad que los obligaba a separarse, a fingir normalidad, a seguir viviendo vidas que no siempre les pertenecían del todo.
Yo seguí caminando. No dije nada. No podía. Soy solo un escribidor, un testigo silencioso de historias que no me pertenecen, pero que me atraviesan. Guardé esa escena en mi memoria como quien guarda un secreto: con cuidado, con nostalgia, con la certeza de que hay amores que no nacieron para durar sino para recordarnos que alguna vez fuimos capaces de sentirlo todo..S.alvo algún milagro o jugarreta del destino,
Y mientras el Jr. de la Unión recuperaba su ruido, su gente y su prisa, su supo que aquella princesa y aquel amor ...se separaron por un tiempo y luego esa llama nunca se apago y sigue existiendo porque ambos viajaron al sur…