12/09/2026
Algunas veces, una historia llega mucho más lejos de lo que se podría imaginar. Escuchar a Jeremías Gamboa hablar de su padre fue así. Sus palabras brindaron un espacio de memoria y afecto en el que, silenciosamente, cada uno de nosotros comenzó a encontrarse con algo propio.
Con una conmovedora valentía, Jeremías nos hizo entrega de su historia compleja y profundamente humana. Nos habló de su padre un hombre ayacuchano mestizo, lector apasionado, hombre de pocas palabras; uno de los mozos más cultos del Perú. También nos presentó a su madre, mujer indígena, empleada doméstica, que se alfabetizó de adulta, dueña de una sabiduría propia, esa inteligencia que no se aprende en los libros, sino que se hereda del cuerpo y la intuición.
Jeremías Gamboa nos permitió, con enorme generosidad, ingresar en una zona sensible y esencialmente humana, un lugar de búsquedas, encuentros y desencuentros, entrelazado por anécdotas que fueron constituyendo al autor que hoy conocemos. Lo hizo con esa modestia que, acompaña a quienes han recibido un don excepcional y lo han cultivado con esfuerzo, dedicación y profunda significación.
Jeremías también nos habló de la herida materna dominante como eje sobre el que se construyó la imagen del padre lo cual constituyó una experiencia dolorosa en su vida. Necesitó tomar distancia de ese relato heredado para lograr acercarse al padre real, conocerlo y, en ese reencuentro, encontrarse también consigo mismo.
Jeremías fue nombrando libros y autores que habían escrito sobre sus propios padres. Se detenía en cada historia como quien busca, entre las palabras de otros, algo profundamente suyo, algo perdido que necesitaba encontrar. Entonces dijo: «Yo he buscado en las lecturas de los padres a mi propio padre».
Nos entregó su historia en los tiempos de Kairós, donde el pasado se vuelve presente. Durante seis años prevaleció su segundo nombre, el elegido por su madre: Raúl. Así lo llamaba su familia y sus vecinos. Al ingresar al colegio, en un gesto que parecía buscar recuperar «el nombre del padre», le dijo a un amigo: «Yo me llamo Jeremías». Una frase pronunciada por un niño que, quizás sin saberlo, anticipaba en ese nombre el comienzo de una nueva vida.
La experiencia estremecedora del encuentro con Jeremías Gamboa fue descubrir que, mientras lo escuchábamos, cada uno de nosotros transitaba, en silencio, por sus propias historias, sus propios padres, sus propios nombres y búsquedas de sentido.
Sara Oxenstein Blanc