César Vásquez O. - Terapia Breve Centrada en Soluciones

César Vásquez O. - Terapia Breve Centrada en Soluciones Psicoterapeuta individual, de parejas y familias. Terapia Breve Centrada en Soluciones.

30/08/2026

¿EL PASADO EN EL FUTURO Y EL FUTURO EN EL PASADO?

La idea puede desarrollarse de manera muy fértil desde la Terapia Breve Centrada en Soluciones (TBCS) y, específicamente, desde el modelo del diamante, porque permite cuestionar una separación demasiado rígida entre pasado y futuro. En TBCS, el pasado no es simplemente aquello que quedó atrás ni el futuro algo que todavía no existe: ambos pueden convertirse en recursos conversacionales para construir descripciones diferentes del presente y de aquello que se desea alcanzar.

«Parte de nuestro pasado mora en nuestro futuro, y parte de nuestro futuro mora en nuestro pasado»

La frase parece paradójica. Si algo pertenece al pasado, ¿cómo puede estar en el futuro? Y si algo pertenece al futuro, ¿cómo puede encontrarse ya en el pasado?

La respuesta, desde una perspectiva construccionista y centrada en soluciones, es que el pasado y el futuro no son solamente lugares cronológicos; también son formas de organizar nuestra experiencia en el presente.

Cuando una persona habla de su pasado, no está trasladando literalmente el pasado al consultorio. Está produciendo, aquí y ahora, una determinada descripción del pasado. Y cuando habla de su futuro, tampoco está visitando algo que todavía no existe: está construyendo, en el presente, una descripción de una posibilidad.

Por eso podemos decir:

> Parte de nuestro pasado mora en nuestro futuro porque aquello que hemos vivido puede convertirse en una anticipación de lo que creemos posible. Y parte de nuestro futuro mora en nuestro pasado porque las posibilidades que imaginamos para nosotros mismos modifican la manera en que contamos nuestra propia historia.

Esto tiene consecuencias importantes para la TBCS.

1. El pasado no es una sentencia

Una concepción determinista del pasado suele establecer una secuencia aparentemente inevitable:

«Esto me ocurrió → por eso soy así → por eso seguiré siendo así».

Desde esa lógica, el pasado funciona como explicación y, al mismo tiempo, como pronóstico.

La TBCS propone otra posibilidad.

Podemos preguntar:

«¿Ha habido momentos en los que esto no ocurrió?»

«¿Cuándo fue diferente?»

«¿Qué hizo usted para que fuera diferente?»

«¿Qué estaba haciendo entonces que le gustaría volver a hacer?»

Aquí aparece una operación fundamental: el pasado deja de ser únicamente el lugar donde se encuentran los problemas y se convierte también en un territorio donde buscar excepciones, recursos, competencias y resultados ya obtenidos.

El pasado comienza entonces a morar en el futuro de otra manera.

Una persona que recuerda:

> «Hubo una época en que podía hablar con mi pareja sin terminar peleando»

ya no posee solamente un recuerdo. Posee una descripción de una posibilidad.

Su pasado contiene una pequeña representación de su futuro preferido.

2. Pero también el futuro mora en el pasado

Esta segunda parte es todavía más interesante.

Cuando una persona imagina un futuro diferente, ese futuro puede cambiar la manera en que observa su historia.

Supongamos que alguien dice:

> «Quiero volver a sentirme una persona capaz de tomar decisiones.»

El terapeuta puede preguntar:

> «¿Cuándo, en su historia, ha sido usted esa persona capaz de tomar decisiones?»

La pregunta parece dirigirse al pasado, pero en realidad está introduciendo el futuro preferido dentro de la búsqueda histórica.

La persona comienza a revisar su historia con una pregunta nueva:

«¿Dónde aparece ya la persona que quiero llegar a ser?»

Entonces puede descubrir:

> «Cuando tenía 30 años tomé una decisión muy difícil y la sostuve.»

Aquello que antes era simplemente un episodio biográfico adquiere ahora un significado diferente.

El futuro ha entrado en el pasado.

No porque haya ocurrido mágicamente, sino porque la descripción actual del futuro modifica qué aspectos del pasado adquieren relevancia.

3. El diamante: del resultado deseado a su descripción

Esto encaja especialmente bien con el modelo del diamante.

Podemos representarlo de manera sencilla:

RESULTADO DESEADO

DESCRIPCIÓN

CIERRE

La conversación puede moverse hacia el futuro preferido, hacia los recursos y hacia la historia de resultados.

Pero estos movimientos no deberían entenderse como compartimentos temporales independientes.

Más bien, podemos imaginar el diamante como un espacio conversacional donde pasado, presente y futuro se retroalimentan.

El resultado deseado permite construir una descripción del futuro.

La descripción del futuro permite buscar recursos en el presente.

Los recursos presentes permiten explorar episodios del pasado.

Y determinados episodios del pasado permiten hacer más plausible el futuro deseado.

Es un movimiento circular, no lineal.

4. Conversación sobre recursos: el pasado alimenta el futuro

Cuando preguntamos por recursos, estamos buscando evidencia histórica de capacidades.

Por ejemplo:

—«¿Cómo ha conseguido hasta ahora mantener esto funcionando a pesar de las dificultades?»

—«¿Qué ha hecho que le ha servido?»

—«¿Quién ha visto esa capacidad en usted?»

—«¿Cuándo consiguió algo parecido?»

El terapeuta no está intentando descubrir la causa profunda del problema.

Está buscando precedentes de competencia.

Y esos precedentes tienen una función prospectiva.

Si alguien pudo hacerlo alguna vez, el terapeuta puede ayudarlo a describir:

> «¿Qué tendría que volver a ocurrir para que algo de aquello apareciera nuevamente?»

El pasado se transforma así en materia prima del futuro.

5. Conversación sobre el futuro preferido: el futuro organiza el pasado

En la conversación sobre el futuro preferido ocurre el movimiento inverso.

Preguntamos:

> «Supongamos que mañana ocurre ese cambio que usted desea. ¿Qué sería lo primero que notaría?»

La persona comienza a describir conductas, interacciones, pensamientos, emociones, decisiones y respuestas de otras personas.

Después podemos preguntar:

> «¿Cuándo ha ocurrido algo parecido, aunque haya sido solamente un poco?»

Aquí el futuro preferido se convierte en una lupa para mirar el pasado.

Ya no preguntamos:

> «¿Qué salió mal en su historia?»

Preguntamos:

> «¿Dónde encontramos en su historia pequeñas versiones de aquello que usted quiere construir?»

6. La historia del resultado: descubrir que el futuro ya tiene antecedentes

Esta modalidad resulta particularmente poderosa.

Si el cliente desea ser:

más autónomo, podemos buscar momentos de autonomía.

Si quiere:

relacionarse mejor con su pareja, buscamos momentos de cooperación.

Si quiere:

sentirse más seguro, buscamos episodios en los que actuó a pesar de la inseguridad.

Si quiere:

ser un padre más disponible, buscamos momentos en los que ya estuvo disponible para sus hijos.

El terapeuta no necesita convencer al cliente de que «puede cambiar».

Puede ayudarlo a encontrar evidencias de que la descripción que desea para su futuro no es completamente ajena a su historia.

Y aquí aparece una idea central:

> El futuro preferido no tiene por qué ser inventado desde cero. Muchas veces puede construirse ampliando acontecimientos que ya existen en la historia de la persona.

7. La excepción es un puente temporal

Desde esta perspectiva, una excepción tiene una importancia especial.

Una excepción no es simplemente:

> «Un día el problema no ocurrió».

Es potencialmente un puente entre tiempos.

Por ejemplo:

Pasado:
«El sábado logramos hablar sin discutir.»

Presente:
«Ahora podemos examinar qué hicieron diferente.»

Futuro:
«¿Qué tendría que pasar para que algo de ese sábado aparezca nuevamente esta semana?»

El acontecimiento pasado se convierte en una posibilidad futura mediante una conversación presente.

Por eso podríamos decir:

> Una excepción es un fragmento del pasado que ha conseguido entrar en el futuro.

8. El problema aparece cuando el pasado coloniza el futuro

La idea también permite comprender una de las dificultades más frecuentes en psicoterapia.

Hay personas cuyo pasado ocupa prácticamente todo su futuro.

No porque el pasado exista objetivamente dentro del futuro, sino porque la descripción dominante de su historia se transforma en una predicción:

> «Siempre he sido así.»

> «Toda mi vida me ha pasado lo mismo.»

> «Nunca he podido.»

> «En mi familia todos somos así.»

> «Después de lo que me ocurrió, ya sé cómo terminará esto.»

Aquí el pasado no está siendo utilizado como historia: está funcionando como profecía.

Desde la TBCS, la conversación puede intentar abrir una grieta:

> «¿Siempre?»

> «¿Nunca?»

> «¿Hubo alguna excepción?»

> «¿Cómo consiguió hacerlo diferente aquella vez?»

No se trata de negar la historia.

Se trata de hacerla menos determinante.

9. Y también puede ocurrir lo contrario: un futuro que reescribe el pasado

Imaginemos que una persona comienza a construir una descripción diferente de sí misma:

> «Quiero ser alguien que pueda poner límites sin sentirse culpable.»

Entonces revisamos su historia.

Quizá descubre:

> «En realidad, cuando mi hermana necesitó algo de mí, pude decirle que no.»

Ese acontecimiento quizá había sido irrelevante dentro de la antigua descripción de sí mismo.

Pero ahora adquiere importancia.

El futuro deseado ha permitido rescatar del pasado un acontecimiento que antes permanecía invisible.

No hemos cambiado los hechos.

Hemos cambiado la conversación acerca de los hechos.

Y eso es fundamental para una terapia no esencialista:

> No necesitamos cambiar el pasado para cambiar su función en la vida de una persona.

10. El terapeuta no prescribe qué debe significar el pasado

Aquí esta idea conecta muy bien con otra formulación que has venido trabajando:

> «Lo que se describe, no se prescribe.»

El terapeuta no debería decir:

> «Lo que le ocurrió explica por qué usted es así.»

Pero tampoco:

> «Eso que le ocurrió no importa.»

Ambas posiciones son prescriptivas.

La primera prescribe una identidad determinada por el pasado.

La segunda prescribe que el pasado debe ser irrelevante.

La posición centrada en soluciones es más humilde:

> «Veamos qué descripción de su historia resulta útil para construir el resultado que usted desea.»

El pasado puede contener dolor, fracasos y pérdidas.

Pero también puede contener resistencia, aprendizaje, decisiones, excepciones, vínculos, recursos y resultados.

La pregunta terapéutica es:

¿Qué parte de esa historia merece ser llevada hacia adelante?

11. El diamante como máquina de producir continuidad

Desde esta perspectiva, el modelo del diamante puede entenderse como un dispositivo conversacional que permite establecer continuidad entre:

lo que ocurrió,
lo que ocurre, y
lo que podría ocurrir.

No como una continuidad causal obligatoria, sino como una continuidad construida mediante descripciones.

Podríamos expresarlo así:

> El pasado proporciona antecedentes posibles.
El presente proporciona acciones posibles.
El futuro proporciona dirección.

Y los tres se encuentran en la conversación terapéutica.

Por eso el terapeuta puede desplazarse constantemente:

«¿Qué desea?»
→ futuro.

«¿Cómo sabrá que está ocurriendo?»
→ descripción.

«¿Cuándo ha ocurrido algo parecido?»
→ pasado.

«¿Qué hizo usted entonces?»
→ recursos.

«¿Cómo podría hacer algo de eso nuevamente?»
→ futuro.

El diamante permite que el cliente viaje entre esos tiempos sin quedar atrapado en ninguno.

12. Una formulación más radical

Podríamos llevar la idea todavía más lejos:

> No somos únicamente el resultado de nuestro pasado; también somos, en parte, la anticipación de nuestro futuro.

Una persona no solamente vive desde lo que le ocurrió.

También vive desde aquello que considera posible.

Dos personas pueden haber tenido historias muy parecidas y construir futuros radicalmente diferentes porque describen de manera diferente lo que esas historias significan para sus posibilidades actuales.

Por eso, desde la TBCS, una pregunta aparentemente sencilla puede ser extraordinariamente poderosa:

> «¿Qué quiere que su historia diga acerca de usted en el futuro?»

No estamos modificando la historia.

Estamos preguntando qué uso tendrá esa historia en la construcción de lo que sigue.

Una síntesis desde el diamante

La frase podría quedar convertida en una proposición terapéutica:

> Parte de nuestro pasado mora en nuestro futuro porque nuestras experiencias previas contienen excepciones, recursos y resultados que pueden convertirse en antecedentes de aquello que queremos construir. Y parte de nuestro futuro mora en nuestro pasado porque el resultado preferido nos permite volver sobre nuestra historia y descubrir acontecimientos que, vistos desde ese futuro, adquieren un nuevo significado.

En el modelo del diamante, pasado y futuro no son destinos separados: son territorios conversacionales que se encuentran en el presente. El terapeuta ayuda al cliente a describir el futuro que desea, encontrar en su pasado las huellas de ese futuro y, desde el presente, ampliar esas huellas hasta convertirlas en posibilidades.

Y quizá la formulación más breve sería:

> El pasado no determina el futuro; pero puede contener sus antecedentes.
El futuro todavía no existe; pero puede contenerse ya en nuestra manera de mirar el pasado.
El lugar donde ambos se encuentran es el presente: la conversación.

29/08/2026

LO QUE SE DESCRIBE, NO SE PRESCRIBE
Una aproximación desde la Terapia Breve Centrada en Soluciones y el Modelo del Diamante

En la Terapia Breve Centrada en Soluciones existe una diferencia fundamental entre describir una realidad preferida y prescribir cómo debería ser esa realidad. La primera operación pertenece al territorio de la conversación terapéutica; la segunda introduce al terapeuta en un lugar que no le corresponde: el de quien sabe cómo debe vivir el cliente.

Por eso puede formularse un principio:

Lo que se describe, no se prescribe.

La afirmación parece sencilla, pero contiene una importante consecuencia epistemológica y ética. En la terapia centrada en soluciones, el terapeuta no necesita establecer de antemano qué sería una relación adecuada, una familia saludable, una buena crianza, una vida satisfactoria o una persona suficientemente adaptada. Su tarea consiste, más bien, en ayudar al cliente a describir con mayor precisión aquello que quiere que ocurra en lugar de lo que está ocurriendo ahora.

La diferencia entre ambas posiciones es decisiva.

Prescribir significa decir, explícita o implícitamente:

«Esto es lo que usted debería querer».

Describir significa preguntar:

«¿Qué tendría que ocurrir para que usted pudiera decir que las cosas están mejor?».

En el primer caso, el terapeuta introduce su propio criterio de normalidad. En el segundo, facilita que el cliente construya y observe el suyo.

1. El problema de convertir la descripción en prescripción

Una de las tentaciones más frecuentes en psicoterapia consiste en transformar determinadas descripciones en normas.

Por ejemplo, podemos describir una pareja que conversa diariamente, se escucha, tiene proyectos compartidos y expresa afecto. Pero de esa descripción no se sigue que todas las parejas deban conversar diariamente, tener proyectos compartidos o expresar afecto de determinada manera.

Podemos describir a una persona que ha conseguido sentirse más tranquila. Pero eso no significa que la tranquilidad permanente constituya el estado correcto de una persona.

Podemos describir una familia en la que sus miembros han encontrado una manera satisfactoria de organizarse. Pero eso no autoriza al terapeuta a convertir esa organización particular en el modelo que todas las familias deberían adoptar.

La TBCS intenta evitar precisamente este salto:

de «así puede ser» a «así debe ser».

Una descripción de una posibilidad no constituye una prescripción.

2. El Modelo del Diamante y la construcción de una realidad preferida

En el Modelo del Diamante podemos pensar el proceso terapéutico como un movimiento que parte de la definición de un resultado deseado, continúa con su descripción y conduce finalmente al cierre.

El resultado deseado establece la dirección de la conversación:

¿Qué quiere conseguir el cliente?

Pero saber qué quiere no es suficiente.

Es necesario pasar de una formulación abstracta a una descripción suficientemente concreta de cómo sería su vida si ese resultado comenzara a producirse.

«Quiero tener una mejor relación con mi esposa» todavía dice poco.

La pregunta terapéutica puede conducir hacia:

«¿Qué notaría usted en la relación que le permitiría decir: “Ahora estamos teniendo una mejor relación”?».

Entonces pueden aparecer respuestas como:

«Discutiríamos menos por las cosas pequeñas».

«Podríamos hablar sin terminar gritándonos».

«Yo dejaría de revisar constantemente lo que hace».

«Ella podría decirme que está molesta sin que yo me ponga inmediatamente a defenderme».

Estas respuestas no son instrucciones terapéuticas.

Son descripciones.

Y precisamente porque son descripciones pueden convertirse en material para continuar la conversación.

3. Describir no significa interpretar

Esta distinción también permite diferenciar la TBCS de una práctica terapéutica centrada en la interpretación.

Cuando el cliente dice:

«Quiero dejar de sentirme inseguro con mi pareja»,

el terapeuta podría intentar explicar la inseguridad:

«Eso probablemente tiene que ver con su miedo al abandono».

Pero desde una postura centrada en soluciones resulta posible tomar otro camino:

«Supongamos que esa inseguridad disminuyera. ¿Qué empezaría a hacer usted de manera diferente?».

La pregunta desplaza la conversación desde la explicación hacia la descripción.

No necesitamos saber inmediatamente por qué existe la inseguridad para explorar cómo sería la vida si esta dejara de gobernar determinadas conductas.

El foco no está en descubrir la causa oculta, sino en construir una descripción observable de una diferencia preferida.

4. Describir tampoco significa aconsejar

La diferencia puede observarse también entre descripción y consejo.

Un cliente puede decir:

«Quiero que mi hijo me obedezca».

El terapeuta podría responder:

«Tiene que ponerle límites más firmes».

Eso es una prescripción.

Otra posibilidad sería preguntar:

«Si su hijo comenzara a responderle de una manera que usted considerara satisfactoria, ¿qué estaría haciendo él? ¿Y qué estaría haciendo usted?».

Ahora aparecen conductas concretas:

«Me escucharía cuando le hablo».

«No tendría que repetirle diez veces las cosas».

«Yo podría decirle lo que necesito sin terminar gritándole».

Nuevamente, se describe una interacción preferida.

La descripción permite que el cliente observe diferencias posibles sin que el terapeuta tenga que convertirse en instructor de la vida familiar.

5. Las tres modalidades de descripción

Dentro del Modelo del Diamante, la descripción puede enriquecerse mediante diferentes vías de conversación. Entre ellas resulta especialmente útil explorar:

los recursos, el futuro preferido y la historia de resultados.

Cada una produce información diferente, pero todas tienen algo en común: no prescriben la solución.

Conversación sobre recursos

Aquí interesa identificar aquello que el cliente ya hace y que puede ser útil.

«¿Cómo consiguió manejar aquella situación sin terminar discutiendo?».

La respuesta puede revelar competencias que estaban presentes pero que quizá habían quedado invisibles dentro de la conversación centrada en el problema.

El terapeuta no dice:

«Debe utilizar más sus recursos».

Pregunta y ayuda a describirlos.

Conversación sobre futuro preferido

Aquí se construye una descripción de cómo sería la vida cuando el resultado deseado estuviera ocurriendo.

«Supongamos que mañana ocurre algo que hace que usted pueda decir que la relación está mejor. ¿Qué sería lo primero que notaría?».

La respuesta puede convertirse en una descripción detallada de conductas, interacciones y circunstancias.

No se está diciendo al cliente qué debería hacer.

Se está preguntando qué observaría si las cosas fueran como él desea.

Conversación sobre la historia del resultado

Cuando el cliente identifica que algo parecido ya ocurrió, la pregunta cambia:

«¿Cuándo fue la última vez que esto estuvo un poco mejor?».

Aquí tampoco se prescribe.

Se investiga una excepción o un resultado previo:

«¿Qué estaba haciendo usted entonces?».

«¿Qué hacía diferente la otra persona?».

«¿Cómo consiguió que ocurriera?».

La historia se convierte en una fuente de descripción de posibilidades.

6. La descripción necesita ser observable

Una consecuencia práctica de este principio es que conviene desconfiar de las formulaciones excesivamente abstractas.

«Quiero ser feliz».

«Quiero tener autoestima».

«Quiero mejorar como persona».

«Quiero tener una relación sana».

Todas pueden ser legítimas como expresiones iniciales del cliente, pero todavía no constituyen descripciones suficientemente útiles para la conversación terapéutica.

El terapeuta puede ayudar a traducirlas a indicadores observables.

«¿Cómo sabría usted que está teniendo más autoestima?».

«¿Qué estaría haciendo que hoy no está haciendo?».

«¿Qué notaría otra persona?».

«¿Qué sería diferente en una conversación con su pareja?».

La pregunta no es:

«¿Qué debería hacer para ser una persona con autoestima?»

sino:

«¿Qué describiría usted como evidencia de que su autoestima está funcionando de una manera que le resulta satisfactoria?»

La diferencia es pequeña en la forma, pero enorme en la posición terapéutica.

7. Describir permite devolver la solución al cliente

La frase «lo que se describe, no se prescribe» también expresa una determinada distribución del conocimiento.

El terapeuta posee conocimientos sobre el proceso terapéutico, sobre cómo formular preguntas, cómo escuchar, cómo identificar diferencias, cómo construir conversaciones útiles y cómo trabajar con las respuestas del cliente.

Pero no necesariamente posee el conocimiento necesario para determinar qué solución será adecuada para esa persona concreta.

El cliente es quien vive su vida.

Por ello, cuando describe detalladamente un futuro preferido, también está proporcionando los criterios mediante los cuales podrá reconocer avances.

Si una mujer dice:

«Quiero ser más independiente»,

el terapeuta no tiene por qué decidir qué significa independencia.

Puede preguntar:

«¿Qué significaría para usted ser más independiente?».

Y luego:

«¿Qué haría usted que hoy no hace?».

«¿Qué dejaría de hacer?».

«¿Qué notaría su pareja?».

«¿Qué notaría usted misma?».

La definición empieza a pertenecer a quien tendrá que vivirla.

8. Una descripción no es una orden disfrazada

Existe, sin embargo, un riesgo importante.

El terapeuta puede utilizar preguntas aparentemente centradas en soluciones para introducir subrepticiamente sus propias preferencias.

Por ejemplo:

«Si mañana estuviera más conectado emocionalmente con su esposa, ¿no cree que debería expresarle más afecto?».

La pregunta ya contiene una respuesta.

No estamos ante una descripción abierta, sino ante una prescripción disfrazada de pregunta.

Una pregunta más congruente con la postura centrada en soluciones sería:

«¿Cómo se daría cuenta de que está relacionándose con su esposa de una manera que para usted resulta mejor?».

Ahora el contenido de la respuesta queda abierto.

Quizá el cliente diga:

«Hablaríamos menos».

Y eso puede sorprender al terapeuta.

Pero precisamente ahí está el punto.

La solución del cliente no tiene por qué parecerse a la solución que el terapeuta habría elegido.

9. No existe una única forma correcta de estar mejor

Este principio adquiere especial importancia cuando trabajamos desde una posición no esencialista y socioconstruccionista.

No existe una descripción universal de «la pareja correcta», «la familia correcta», «el padre correcto» o «la persona emocionalmente correcta» que el terapeuta deba imponer.

Hay personas que quieren una vida social intensa y otras que prefieren una vida mucho más solitaria.

Hay parejas que necesitan conversar durante horas y otras que consideran suficiente compartir actividades sin hablar demasiado.

Hay padres que quieren establecer una relación muy cercana con sus hijos y otros que valoran especialmente la autonomía.

La función del terapeuta no consiste en determinar cuál de esas alternativas es psicológicamente superior.

Consiste en ayudar a la persona a construir una descripción suficientemente clara de qué quiere que sea diferente en su propia vida.

Por eso:

la TBCS no prescribe una forma correcta de vivir; ayuda a describir una forma de vivir que el cliente considera preferible.

10. Describir produce criterios de cambio

Una de las ventajas terapéuticas de describir en lugar de prescribir es que la descripción permite reconocer pequeñas diferencias.

Supongamos que alguien dice:

«Quiero dejar de discutir con mi pareja».

Si esto se convierte en una prescripción, podríamos terminar buscando una regla:

«No discutan».

Pero eso es poco útil.

Si lo convertimos en descripción:

«¿Cómo sabrán ambos que están empezando a discutir menos?».

pueden aparecer indicadores:

«Podremos detener una conversación antes de gritarnos».

«Podré decir que estoy molesto sin insultarla».

«Ella podrá decirme que necesita espacio y yo podré respetarlo».

Ahora existen señales concretas.

El cambio deja de ser una condición abstracta y se convierte en algo que puede observarse, reconocerse y amplificarse.

11. La descripción no obliga

Una característica especialmente importante es que una descripción no constituye un contrato.

El cliente puede decir:

«Creo que quisiera poder decirle que no a mi jefe».

Más adelante puede descubrir:

«En realidad, no quiero enfrentarme a él; lo que quiero es dejar de llevarme el trabajo a casa».

La conversación puede cambiar.

Eso no significa que la primera respuesta fuera incorrecta.

Significa que la descripción es provisional y puede ser revisada.

Una prescripción, en cambio, tiende a producir una estructura rígida:

«Usted tiene que aprender a poner límites».

La descripción mantiene abierta la conversación:

«¿Qué tendría que cambiar para que su situación laboral le resultara suficientemente satisfactoria?».

El cliente puede descubrir incluso que aquello que inicialmente identificaba como solución ya no le parece importante.

12. La responsabilidad del terapeuta

Decir «lo que se describe, no se prescribe» no significa que el terapeuta sea pasivo.

Todo lo contrario.

La postura centrada en soluciones exige una actividad terapéutica considerable.

El terapeuta selecciona preguntas, organiza conversaciones, identifica excepciones, amplifica diferencias, solicita detalles, busca indicadores, explora recursos y ayuda al cliente a construir descripciones más precisas.

Pero hay una diferencia entre organizar la conversación y determinar el contenido de la solución.

El terapeuta puede ser muy activo en el proceso sin convertirse en autoridad sobre la vida del cliente.

Podríamos expresarlo así:

El terapeuta conduce la conversación, pero no conduce la vida del cliente.

13. Describir antes que explicar

La frase también puede utilizarse como criterio para evaluar una conversación terapéutica.

Ante cada intervención podemos preguntarnos:

¿Estoy ayudando al cliente a describir algo que quiere, algo que ya funciona o algo que podría hacer diferente?

¿O estoy diciéndole, aunque sea indirectamente, cómo debería vivir?

Esta pregunta resulta especialmente útil porque la prescripción puede aparecer de formas muy sofisticadas.

Puede aparecer como consejo.

Puede aparecer como interpretación.

Puede aparecer como diagnóstico.

Puede aparecer como psicoeducación innecesaria.

Puede aparecer incluso como una pregunta aparentemente inocente que ya contiene la respuesta.

La posición centrada en soluciones exige una vigilancia permanente sobre esa tendencia.

14. Del «debería» al «¿cómo sería?»

Quizá una manera sencilla de resumir este principio sea observar la diferencia lingüística entre dos tipos de preguntas.

Prescripción:

«¿No debería usted ponerle límites?»

Descripción:

«¿Cómo sabría usted que está poniendo los límites que necesita?»

Prescripción:

«Debería confiar más en su pareja».

Descripción:

«Si confiara en ella de una manera que le resultara suficiente, ¿qué haría diferente?»

Prescripción:

«Tiene que comunicarse mejor».

Descripción:

«¿Qué sería para usted comunicarse mejor? ¿Qué notaría en una conversación concreta?»

Prescripción:

«Necesita aprender a controlar su ansiedad».

Descripción:

«Si la ansiedad estuviera suficientemente bajo control, ¿qué estaría haciendo usted que hoy le resulta difícil hacer?»

En todos los casos, la segunda formulación devuelve al cliente la posibilidad de definir qué significa el cambio.

15. La excepción no prescribe una regla

Incluso cuando encontramos una excepción, debemos evitar convertirla inmediatamente en una receta.

Si una persona cuenta:

«Ayer pude manejar la discusión sin gritar»,

sería fácil responder:

«Entonces debe hacer siempre lo mismo».

Pero la TBCS puede adoptar otra postura:

«¿Qué hizo ayer que fue diferente?».

La respuesta permite describir una experiencia concreta.

Después:

«¿Cuál de esas cosas podría volver a ocurrir?».

La diferencia es fundamental.

La excepción no se convierte en una regla impuesta por el terapeuta.

Se convierte en información sobre aquello que el cliente ya sabe hacer.

16. La ética de no prescribir

Finalmente, «lo que se describe, no se prescribe» puede entenderse como una cuestión ética.

Prescribir implica asumir una autoridad sobre la vida del otro.

Describir implica reconocer al otro como agente capaz de definir aquello que considera valioso.

Esto no significa que todas las decisiones del cliente sean necesariamente buenas, ni que el terapeuta deba aceptar cualquier conducta sin cuestionarla. Existen, por supuesto, situaciones clínicas y éticas en las que el profesional tiene responsabilidades específicas.

Pero fuera de esas obligaciones, la postura centrada en soluciones procura no convertir las preferencias profesionales en verdades universales.

La pregunta fundamental deja de ser:

«¿Cómo debería ser esta persona?»

para convertirse en:

«¿Cómo quiere esta persona que sea su vida?»

Y después:

«¿Cómo sabrá que está empezando a conseguirlo?»

17. Una fórmula para recordar

Podemos condensar todo el principio en una secuencia:

Resultado deseado → descripción → indicadores → diferencias → recursos → siguiente paso.

No:

Problema → explicación → consejo → prescripción.

El terapeuta no necesita fabricar la solución.

Necesita crear condiciones conversacionales para que el cliente pueda describirla, reconocerla y eventualmente producirla.

Por eso, en el Modelo del Diamante, describir no es simplemente hablar mucho sobre lo que uno quisiera.

Describir es construir una representación suficientemente concreta de una diferencia preferida como para que pueda ser reconocida en la experiencia.

Y una vez que esa diferencia puede reconocerse, también puede buscarse, amplificarse y utilizarse.

Conclusión

«Lo que se describe, no se prescribe» resume una posición central de la Terapia Breve Centrada en Soluciones.

El terapeuta no necesita decirle al cliente qué relación debería tener, qué clase de padre debería ser, qué emociones debería experimentar, qué decisiones debería tomar o qué forma debería tener su vida.

Puede hacer algo diferente y, desde la perspectiva centrada en soluciones, profundamente terapéutico:

preguntarle cómo sabrá que las cosas están mejor.

A partir de ahí, la terapia se convierte en una exploración de descripciones.

¿Qué hará?

¿Qué dejará de hacer?

¿Qué hará diferente la otra persona?

¿Qué notará primero?

¿Qué será una pequeña señal de cambio?

¿Cuándo ocurrió algo parecido?

¿Qué hizo posible aquella diferencia?

La terapia avanza entonces no porque el terapeuta haya encontrado la respuesta correcta, sino porque el cliente ha comenzado a construir una descripción cada vez más clara de una realidad que considera preferible.

En ese sentido, la tarea del terapeuta no consiste en prescribir soluciones sino en facilitar descripciones suficientemente útiles para que el cliente pueda encontrar sus propias posibilidades de cambio.

No se trata de decirle al cliente cómo debe vivir.

Se trata de ayudarlo a describir cómo quiere vivir y a descubrir qué diferencias harían posible reconocer que está empezando a conseguirlo.

Lo que se describe, no se prescribe.

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