16/08/2026
Puerto Rico también está de duelo
Hoy miro a mi Puerto Rico y siento tristeza… pero también preocupación, impotencia y, sí, en ocasiones, coraje.
Vivimos en una isla donde lo esencial parece haberse convertido en un privilegio.
Hay comunidades que pasan días, semanas y hasta meses enfrentando problemas con el servicio de agua. Los apagones forman parte de nuestra cotidianidad. La gasolina aumenta. Hacer una compra en el supermercado se ha convertido en un ejercicio de calcular, escoger y dejar cosas atrás porque sencillamente el dinero ya no alcanza como antes.
Y entonces pienso en los más vulnerables. Pienso en la persona enferma que necesita electricidad para un equipo médico.
En quien está encamado y depende de otros para cubrir hasta sus necesidades más básicas.
En nuestros adultos mayores, muchos viviendo de ingresos limitados.
En la madre y el padre que trabajan cada día y aun así hacen malabares para llevar alimentos a su mesa.
En quienes tienen que decidir qué pagan primero, qué compran y qué pueden dejar para después.
Desde la tanatología he aprendido que no solamente hacemos duelo cuando muere alguien.
También atravesamos duelos cuando perdemos estabilidad, seguridad, tranquilidad, calidad de vida y la certeza de que nuestras necesidades básicas estarán cubiertas.
Y siento que Puerto Rico está viviendo un gran duelo colectivo.
Pero hay algo que también me confronta.
Mientras escuchamos que “la cosa está mala”, vemos conciertos completamente llenos, restaurantes abarrotados, centros comerciales y tiendas por departamentos llenos de personas comprando.
Y confieso que ahí me detengo y me pregunto:
¿Qué nos está pasando como sociedad?
No lo digo para juzgar a quien decide salir, disfrutar, celebrar o regalarse un momento de alegría. También necesitamos respirar en medio de las dificultades. Necesitamos vivir.
Pero la contradicción me hace pensar.
Quizás algunos intentan escapar por unas horas de una realidad que pesa demasiado. Quizás otros han aprendido a vivir el presente porque sienten que el mañana es incierto. Y quizás, poco a poco, también nos estamos acostumbrando a situaciones a las que nunca debimos acostumbrarnos.
Eso es lo que verdaderamente me preocupa.
Normalizar lo que no debería ser normal.
No debería ser normal vivir sin agua.
No debería ser normal perder constantemente la electricidad.
No debería ser normal que un adulto mayor tenga que escoger entre comprar sus medicamentos o sus alimentos.
No debería ser normal que una familia trabaje y aun así no pueda cubrir dignamente sus necesidades básicas.
No deberíamos acostumbrarnos a sobrevivir cuando merecemos vivir con dignidad.
Puerto Rico necesita mucho más que aprender a resistir.
Necesita sensibilidad. Solidaridad. Conciencia. Empatía.
Necesitamos volver a mirar al que tenemos al lado y preguntarnos no solamente “¿cómo estoy yo?”, sino también:
“¿Cómo estamos nosotros?”
Porque un país también puede cansarse.
Un pueblo también puede sentir impotencia.
Una sociedad también puede experimentar pérdidas.
Y esas pérdidas también necesitan ser reconocidas, habladas y acompañadas.
Quizás uno de nuestros mayores retos como país sea precisamente ese: no perder nuestra capacidad de indignarnos, pero tampoco nuestra capacidad de cuidarnos unos a otros.
Porque Puerto Rico no necesita solamente sobrevivir a otra crisis.
Puerto Rico necesita volver a sentir que vivir dignamente también es posible.
Sonia I. Rodríguez
Tanatóloga Clínica