27/05/2026
✍🏽Cuando comencé mi camino espiritual fue porque empecé a cuestionarme muchas cosas que me enseñaron desde pequeña.
Había algo dentro de mí que gritaba que ciertas cosas no terminaban de sentirse correctas. Algo se sentía incompleto. Incoherente. Como si hubiese algo más allá de todo lo que me habían enseñado a creer.
Y esos cuestionamientos me llevaron a buscar.
A estudiar, a leer, a explorar diferentes creencias, religiones, prácticas y perspectivas.
Aprendí muchísimo de la Wicca, aunque hoy en día no me considero wiccana. Exploré muchos caminos espirituales y entendí que cada uno tiene algo que aportar. Pero también entendí algo muy importante:
No debemos quedarnos atrapados en una sola verdad absoluta.
Porque al final, cada persona construye su verdad según lo que ha vivido, aprendido, sentido y experimentado.
Y mientras más buscaba respuestas afuera, más entendía que muchas veces la clave estaba adentro.
Vivimos en una sociedad donde desde pequeños nos enseñan a pertenecer a algo.
A seguir algo, a encajar dentro de una estructura.
A creer que existe una única verdad correcta.
Pero cuando uno comienza a cuestionarse, a observar el mundo desde otros ángulos, a escuchar su intuición, se da cuenta de que la espiritualidad no debería convertirse en otra prisión mental.
Hay personas buscando desesperadamente respuestas sobre todo:
qué pasa después de la muerte,
quiénes somos,
qué es real,
qué no es real,
qué práctica es correcta,
qué camino es el mejor…
Y llega un punto donde uno puede perderse en esa búsqueda.
Porque buscamos tanto afuera que olvidamos escucharnos por dentro.
Y ahí es donde muchas personas pierden su esencia.
Empiezan a repetir discursos, ideas, prácticas y creencias ajenas sin preguntarse realmente:
“¿Esto resuena conmigo de verdad?”
Para mí, el discernimiento es una de las herramientas espirituales más importantes que existen.
Yo puedo escuchar a alguien, leer un libro, aprender una práctica o explorar un tema… y aún así decidir que ciertas cosas no vibran conmigo.
Y eso está bien.
Porque la espiritualidad no debería convertirse en una competencia de quién tiene más razón o quién está más “despierto”.
A veces veo personas hablando del “ego espiritual” mientras caen exactamente en lo mismo que critican:
queriendo definir qué está bien, qué está mal, cómo debe vivirse la espiritualidad o cómo debe verse una persona espiritual.
Y la realidad es que cada persona vive su proceso de manera distinta.
No todos estamos aquí para creer exactamente lo mismo.
Yo no quiero atarme a ninguna estructura rígida.
No quiero perderme intentando pertenecer.
No quiero convertirme en una copia de nadie.
Quiero vivir mi espiritualidad de manera intuitiva, libre y honesta conmigo misma.
Yo no sigo reglas estrictas para conectar espiritualmente.
Si quiero hacer un ritual, lo hago cuando mi alma lo siente.
Si quiero cantar, canto.
Si quiero crear, creo.
Si quiero guardar silencio, guardo silencio.
Porque aprendí que mi conexión más importante no está afuera.
Está dentro de mí.
Y creo que muchas personas necesitan volver a escucharse.
No todo se trata de buscar más información, más teorías o más respuestas externas.
A veces la verdadera búsqueda consiste en regresar a uno mismo.
Pero sobre todo, entendí algo aún más importante:
Tenemos vida.
Y la gran pregunta es:
¿qué vamos a hacer con ella?
Porque vivir es una oportunidad.
Vivir es sentir.
Es crear.
Es imaginar.
Es compartir.
Es crear experiencias y vínculos.
Yo como madre, creé vida.
Hice una familia.
Y vivir también es eso:
ver a mis hijos crecer,
reírse,
aprender,
sentarnos juntos a comer,
escucharlos decir “mami, qué rico”.
Eso también es espiritualidad.
Vivir es ir donde mi mamá y ayudarla con algo.
Es regalarle una sonrisa a un desconocido en la calle y verla regresar.
Es enseñarles a mis estudiantes y verlos aprender.
Es mirar el cielo, las nubes, los árboles y sentir gratitud por estar aquí.
Es respirar.
Es agradecer.
Y siento que muchas veces nos perdemos buscando “la verdad” mientras olvidamos vivir la vida que tenemos frente a nosotros.
Otras veces nos encerramos en religiones, dogmas o prácticas tan estrictas que terminamos viviendo reprimidos, restringidos y desconectados de nosotros mismos.
“Eso es malo.”
“Eso no se puede.”
“Eso está prohibido.”
“Eso no está bien.”
Y se nos olvida vivir.
Porque vivir también es:
amar, llorar, equivocarse, perder, ganar, probar, caerse, levantarse, sentir.
La vida no vino con la intención de que nos convirtiéramos en seres vacíos, desconectados o atrapados intentando descifrar todas las respuestas del universo.
Tal vez nunca tengamos la verdad absoluta de muchas cosas.
Pero sí tenemos este momento.
Esta vida.
Esta experiencia.
Y la pregunta más importante no siempre es:
“¿Cuál es la verdad?”
A veces la verdadera pregunta es:
“¿Qué estoy haciendo con mi vida mientras estoy aquí?”
Porque todo debería tener una intención.
Un propósito.
No es solamente trabajar por trabajar.
O limpiar por limpiar.
Es entender lo que eso representa para ti.
La satisfacción de cuidar tu hogar.
La gratificación de hacer bien tu trabajo.
La alegría de compartir con quienes amas.
La experiencia de vivir plenamente lo cotidiano.
Mi propósito no es perderme intentando pertenecer a algo.
Mi propósito es vivir.
Vivirme desde adentro.
Desde mi esencia.
Desde el amor.
Desde la autenticidad de quien realmente soy.
- Carla Marí