Dr. Juan Aníbal González, psicólogo clínico

Dr. Juan Aníbal González, psicólogo clínico Psicólogo clínico, profesor, investigador y autor

El caso de Lindsay Clancy ha colocado la psicosis postparto en el centro de la conversación pública. Pero hay una pregun...
17/08/2026

El caso de Lindsay Clancy ha colocado la psicosis postparto en el centro de la conversación pública. Pero hay una pregunta que probablemente sorprenda a muchas personas: si hablamos de una condición descrita desde hace mucho tiempo, reconocida clínicamente y considerada una emergencia psiquiátrica, ¿por qué la “psicosis postparto” todavía no aparece como un diagnóstico independiente en el DSM-5-TR?

La respuesta no es que la psiquiatría desconozca su existencia. Es bastante más compleja y nos obliga a hablar de algo que con frecuencia olvidamos: los sistemas diagnósticos no son representaciones perfectas de la realidad clínica. Son sistemas de clasificación que intentan organizarla.

Actualmente, una mujer que desarrolla un cuadro psicótico después del parto no recibe necesariamente el diagnóstico de “psicosis postparto” porque esa categoría, como tal, no existe en el DSM-5-TR. Dependiendo de la presentación clínica, el episodio puede conceptualizarse dentro de un trastorno bipolar, un episodio depresivo con características psicóticas, un trastorno psicótico breve u otra condición. En algunos de estos diagnósticos puede utilizarse el especificador “con inicio en el periparto”. El problema es que ese especificador tampoco resuelve completamente el asunto: en el DSM-5-TR, su ventana temporal comprende el embarazo y solamente las primeras cuatro semanas después del parto, mientras que la evidencia epidemiológica indica que algunos episodios de psicosis postparto pueden comenzar posteriormente.

¿Por qué se ha clasificado de esta manera? En buena medida porque durante décadas ha existido un debate nosológico importante. Una de las posiciones predominantes ha sido que la psicosis postparto no constituye necesariamente una enfermedad diferente, sino que el parto funciona como un potente desencadenante de una vulnerabilidad subyacente, particularmente dentro del espectro bipolar. Esta interpretación tiene fundamentos importantes. Muchas pacientes presentan síntomas afectivos prominentes —manía, estados mixtos o depresión con características psicóticas— y existe una asociación particularmente fuerte entre psicosis postparto y trastorno bipolar. Ñ

Pero la ciencia no permanece estática.

En los últimos años se ha acumulado evidencia que obliga a reconsiderar si la clasificación actual representa adecuadamente lo que observamos clínicamente. La psicosis postparto presenta características llamativas: suele tener un comienzo abrupto, está estrechamente vinculada temporalmente al parto y puede incluir una combinación particular de síntomas afectivos, psicóticos y cognitivos. Pueden aparecer insomnio intenso, agitación, irritabilidad, cambios rápidos en el estado de ánimo, confusión, desorganización del pensamiento, delirios, alucinaciones y alteraciones importantes del juicio de realidad. Además, los síntomas pueden fluctuar rápidamente, haciendo que algunas presentaciones sean difíciles de reconocer en sus primeras etapas.

El momento en que ocurre tampoco parece ser un detalle incidental. El periodo inmediatamente posterior al parto implica transformaciones endocrinas, inmunológicas, circadianas, fisiológicas y neurobiológicas extraordinariamente rápidas. Que el riesgo de desarrollar por primera vez psicosis o manía aumente marcadamente precisamente durante este periodo ha fortalecido la hipótesis de que existe una vulnerabilidad biológica particular asociada a la transición del embarazo al posparto.

Precisamente por esto, un reciente consenso internacional de expertos ha propuesto reconsiderar formalmente su clasificación. Los autores argumentan que la evidencia disponible permite conceptualizar la psicosis postparto como una enfermedad diferenciable dentro del espectro bipolar y recomiendan que eventualmente tenga una categoría diagnóstica propia. Entre los argumentos se encuentran su patrón característico de inicio, su fenomenología, su curso, su respuesta al tratamiento y una arquitectura genética que parece ser parcialmente compartida con el trastorno bipolar, pero no completamente idéntica.

El mismo grupo propone ampliar nuestra comprensión temporal. Aunque la mayoría de los episodios comienza durante las primeras semanas —con frecuencia durante los primeros días después del parto—, la evidencia epidemiológica respalda considerar episodios con inicio hasta las primeras 12 semanas. Esto contrasta con las cuatro semanas contempladas actualmente por el especificador de inicio periparto del DSM.

Incluso resulta interesante comparar los sistemas diagnósticos. La CIE-11 tampoco establece simplemente “psicosis postparto” como una enfermedad autónoma en el sentido que ahora proponen algunos investigadores, pero sí incluye una categoría para trastornos mentales y del comportamiento asociados con el embarazo, el parto o el puerperio con síntomas psicóticos. Es decir, incluso entre nuestros principales sistemas de clasificación existen diferencias en la manera de organizar clínicamente estos cuadros.

Todo esto nos deja una reflexión mucho más amplia que la discusión sobre un diagnóstico particular. Que una condición no tenga una categoría propia en el DSM no significa que no exista.

El DSM no descubre enfermedades ni determina por sí mismo qué experiencias humanas son reales. Clasifica fenómenos clínicos utilizando la mejor evidencia y los consensos disponibles en un momento histórico determinado. Sus categorías cambian cuando cambia la evidencia. Algunas se incorporan, otras desaparecen, otras se reorganizan y sus criterios se modifican. Esa es precisamente la naturaleza de una clasificación científica que continúa evolucionando.

El verdadero debate sobre la psicosis postparto, por tanto, ya no debería reducirse a preguntar si “existe”. La pregunta científicamente más interesante es si la evidencia acumulada permite seguir considerándola únicamente como una manifestación posparto de otros trastornos o si hemos llegado al punto en que reconocerla como una entidad diferenciada tendría mayor utilidad clínica.

Y esta discusión no es solamente académica.

La manera en que clasificamos una condición influye en cómo la enseñamos, cómo la investigamos, cómo entrenamos a profesionales para reconocerla y, posiblemente, en cuán rápidamente pensamos en ella cuando una mujer comienza a presentar cambios abruptos después del parto. En una condición poco frecuente, pero potencialmente devastadora y en la que la identificación temprana puede ser crítica, la precisión conceptual tiene consecuencias clínicas.

Quizás, entonces, la ausencia de la psicosis postparto como diagnóstico independiente en el DSM-5-TR no debería interpretarse simplemente como un error. Puede entenderse mejor como una fotografía del estado de la ciencia cuando se construyó esa clasificación.

Una fotografía que, a la luz de la evidencia más reciente, posiblemente necesite actualizarse. Porque muchas veces (por no decir siempre) la clínica y la investigación avanzan más rápido que las categorías que utilizamos para nombrarlas.

Dr. Juan Aníbal González Rivera

El caso de Lindsay Clancy ha colocado la psicosis posparto en el centro de la conversación pública. Sin embargo, también...
14/08/2026

El caso de Lindsay Clancy ha colocado la psicosis posparto en el centro de la conversación pública. Sin embargo, también ha evidenciado cuánto desconocemos todavía, fuera de los contextos especializados, sobre una de las condiciones psiquiátricas más graves que pueden aparecer después del parto. Es importante aclarar que esta reflexión no pretende establecer si Clancy presentó o no una psicosis posparto, ni mucho menos realizar inferencias sobre su responsabilidad criminal. El caso sirve únicamente como punto de partida para discutir qué nos dice actualmente la evidencia sobre esta condición y por qué su reconocimiento temprano resulta tan importante.

Una primera distinción necesaria es que la psicosis posparto no debe entenderse simplemente como una forma más severa de depresión posparto. Se trata de una condición relativamente infrecuente, con estimaciones cercanas a 1 o 2 casos por cada 1,000 partos, pero cuya gravedad potencial hace que se considere una emergencia psiquiátrica. Su aparición suele ser abrupta y la mayoría de los episodios comienzan durante las primeras semanas después del parto, particularmente en los primeros días. A diferencia de cuadros depresivos posparto más habituales, puede producir alteraciones profundas del pensamiento, la percepción, el estado de ánimo, la conducta y el juicio.

Existe, además, una particularidad que probablemente resulte sorprendente para muchas personas: a pesar de que hablamos habitualmente de “psicosis posparto” como si se tratara de un diagnóstico establecido, actualmente no existe como un diagnóstico independiente en el DSM-5-TR. El sistema permite utilizar el especificador “con inicio en el periparto” en determinados trastornos cuando el episodio comienza durante el embarazo o poco después del parto. En la práctica, una presentación que clínicamente describimos como psicosis posparto puede terminar siendo clasificada bajo un trastorno bipolar, un episodio depresivo con características psicóticas, un trastorno psicótico breve u otra categoría, dependiendo de la presentación clínica. El ICD-11 adopta una estrategia diferente: incluye categorías para trastornos mentales o del comportamiento asociados con el embarazo, el parto o el puerperio, incluyendo una categoría con síntomas psicóticos, aunque cuando se cumplen los criterios para otro trastorno mental específico también debe identificarse ese diagnóstico.

Esta ausencia de una categoría diagnóstica específica no es simplemente una curiosidad de nuestros manuales. La clasificación de la psicosis posparto continúa siendo objeto de una discusión científica importante. De hecho, un reciente consenso internacional de expertos ha propuesto reconocerla como una entidad diagnóstica propia y ubicarla dentro del espectro bipolar. Los autores argumentan que su patrón característico de inicio después del parto, su fenomenología, su curso, su respuesta al tratamiento, su perfil de riesgo y la evidencia genética disponible justifican reconsiderar la manera en que actualmente la clasificamos. Este debate resulta especialmente relevante porque nos recuerda que los sistemas diagnósticos no son estructuras definitivas: son modelos que deben modificarse conforme evoluciona la evidencia científica.

La presentación clínica de la psicosis posparto, además, puede ser considerablemente más heterogénea de lo que su nombre sugiere. Algunas mujeres presentan delirios, alucinaciones, paranoia, confusión o desorganización, pero los síntomas afectivos suelen ocupar un lugar central. Pueden observarse manía, depresión grave, estados mixtos, irritabilidad, agitación, labilidad afectiva y alteraciones importantes del sueño. De hecho, una de las características que ha recibido particular atención en la literatura es la pérdida o reducción marcada de la necesidad de dormir. Esto requiere una distinción clínica importante: dormir poco porque un recién nacido interrumpe repetidamente el sueño no equivale a dormir pocas horas sin experimentar la necesidad habitual de descansar. Cuando esta reducción del sueño aparece acompañada de aumento de energía, aceleración del pensamiento, agitación o cambios abruptos en la conducta, adquiere un significado clínico diferente.

Uno de los avances más importantes en nuestra comprensión de la psicosis posparto ha sido precisamente reconocer su estrecha relación con los trastornos del estado de ánimo y, particularmente, con el espectro bipolar. La literatura longitudinal y los consensos internacionales más recientes favorecen conceptualizarla principalmente como una enfermedad afectiva grave asociada al espectro bipolar, más que como una variante extrema de la depresión posparto o simplemente como un trastorno psicótico primario que coincide temporalmente con el nacimiento de un bebé. Esta distinción no es meramente académica: tiene implicaciones para la identificación del riesgo, el diagnóstico diferencial, el tratamiento y la prevención de futuros episodios.

Entre los factores de riesgo más importantes se encuentran una historia personal de trastorno bipolar, particularmente bipolar I, y haber experimentado previamente un episodio de psicosis posparto. La historia familiar de trastorno bipolar o psicosis posparto también puede aumentar la vulnerabilidad. Sin embargo, la ausencia de antecedentes psiquiátricos conocidos no permite descartar el cuadro. Para algunas mujeres, el periodo inmediatamente posterior al parto puede coincidir con la aparición del primer episodio afectivo o psicótico claramente identificable. Esto explica, en parte, por qué su reconocimiento puede resultar particularmente complejo cuando la paciente nunca había presentado anteriormente una enfermedad mental grave.

También es importante comprender que la psicosis posparto no suele evolucionar necesariamente como un cuadro estático. Los síntomas pueden fluctuar considerablemente y la condición puede deteriorarse con rapidez. Una paciente puede presentar inicialmente insomnio, ansiedad, irritabilidad o cambios en el estado de ánimo y posteriormente desarrollar confusión, pensamiento desorganizado, síntomas maníacos, delirios o alucinaciones. Por esta razón, la evaluación clínica durante el periodo posparto requiere prestar atención no solamente a la presencia de síntomas individuales, sino también a su inicio, velocidad de cambio, relación entre ellos y grado de ruptura con el funcionamiento habitual de la persona.

La gravedad de esta condición también está relacionada con sus posibles consecuencias. Aunque la mayoría de las mujeres con psicosis posparto no dañan a sus hijos, existe un riesgo elevado de suicidio y, en una proporción mucho menor de casos, puede existir riesgo de daño al bebé. Los delirios o las alteraciones graves del juicio pueden incorporar contenidos relacionados con el recién nacido, lo que hace indispensable una evaluación inmediata del riesgo. Precisamente por ello, la sospecha de psicosis posparto requiere una valoración psiquiátrica urgente y, con frecuencia, hospitalización para proteger a la madre y al bebé mientras se estabiliza el episodio.

El tratamiento depende de la presentación y de las circunstancias particulares de cada paciente, pero generalmente requiere intervención farmacológica rápida. Los antipsicóticos tienen un papel importante en el manejo agudo, mientras que el litio cuenta con evidencia particularmente relevante tanto en el tratamiento de determinados cuadros como, sobre todo, en la prevención de recaídas. La terapia electroconvulsiva también continúa siendo una intervención basada en evidencia y puede ser especialmente importante en presentaciones graves, catatónicas, depresivas severas o cuando se necesita una respuesta clínica rápida. Naturalmente, las decisiones farmacológicas durante el posparto requieren considerar también aspectos como la lactancia, la condición médica de la madre, los medicamentos concomitantes y el balance individual entre riesgos y beneficios.

A pesar de su gravedad, es igualmente importante evitar que la conversación sobre psicosis posparto se convierta en una narrativa inevitablemente trágica. La psicosis posparto es una condición tratable y muchas mujeres experimentan una recuperación significativa cuando reciben intervención adecuada. El antecedente de un episodio, sin embargo, tiene implicaciones importantes para futuros embarazos, por lo que la planificación preconcepcional, la coordinación entre psiquiatría y obstetricia, la protección del sueño y el desarrollo anticipado de un plan de prevención y vigilancia durante el periodo perinatal pueden ser componentes fundamentales del cuidado posterior.

Quizá uno de los aprendizajes más importantes que podemos obtener de la conversación pública generada por casos como el de Lindsay Clancy es que nuestra comprensión de la salud mental perinatal no puede limitarse a la depresión posparto. El periodo posterior al nacimiento también puede constituir una etapa de vulnerabilidad para episodios maníacos, mixtos y psicóticos, particularmente en mujeres con susceptibilidad bipolar. Reconocer estas diferencias permite evaluar mejor el riesgo y responder con mayor rapidez cuando el cuadro comienza a apartarse de lo que esperaríamos de las dificultades emocionales habituales del posparto.

La psicosis posparto es poco frecuente, pero sus consecuencias potenciales hacen que conocerla sea importante no solamente para los profesionales de salud mental, sino también para obstetras, médicos primarios, pediatras y familias. Como ocurre tantas veces en la práctica clínica, el reto no consiste únicamente en reconocer un síntoma o encontrar una categoría en un manual diagnóstico. Consiste en comprender el patrón que esos síntomas comienzan a formar, el contexto en el que aparecen y la velocidad con la que ese patrón está cambiando.

Dr. Juan Aníbal González Rivera

El juicio de Lindsay Clancy ha colocado nuevamente sobre la mesa una discusión importante sobre la evaluación de la salu...
13/08/2026

El juicio de Lindsay Clancy ha colocado nuevamente sobre la mesa una discusión importante sobre la evaluación de la salud mental durante el periodo perinatal.

Durante el contrainterrogatorio de la psiquiatra Jennifer Tufts, la defensa cuestionó, entre muchas otras cosas, que se utilizara el Patient Health Questionnaire-9 (PHQ-9) para evaluar síntomas depresivos en lugar de la Edinburgh Postnatal Depression Scale (EPDS), un instrumento desarrollado específicamente para el periodo perinatal.

La comparación resulta interesante, pero existe el riesgo de sacar una conclusión demasiado sencilla: se utilizó la prueba equivocada. No necesariamente.

El PHQ-9 es un instrumento válido y ampliamente utilizado para detectar síntomas depresivos. El problema clínico verdaderamente interesante no es si el PHQ-9 puede utilizarse durante el posparto, sino qué hacemos con la información que obtenemos de cualquier instrumento de cernimiento.

Una escala nunca sustituye una evaluación clínica. Esto es particularmente importante durante el periodo perinatal. Síntomas como alteraciones del sueño, fatiga, cambios en el apetito, dificultades de concentración, ansiedad o sensación de estar sobrepasada necesitan interpretarse dentro del contexto particular de la paciente. En una madre que acaba de tener un bebé, por ejemplo, dormir poco puede tener múltiples explicaciones. El trabajo clínico consiste precisamente en diferenciarlas.

La EPDS tiene una ventaja importante en este contexto: fue desarrollada específicamente para la población perinatal y reduce el peso de algunos síntomas somáticos que pueden confundirse con experiencias habituales del embarazo y el posparto. Además, presta particular atención a manifestaciones emocionales como ansiedad, culpa y sensación de incapacidad para afrontar las demandas.

Pero tampoco debemos pedirle a la EPDS algo que no puede hacer. Ni el PHQ-9 ni la EPDS diagnostican psicosis posparto.

Una puntuación en una escala tampoco puede determinar retrospectivamente si una tragedia podía haberse evitado.

Por eso, quizá la pregunta más importante que surge de este caso no sea: ¿Cuál cuestionario se administró? Sino: ¿La evaluación clínica fue suficientemente sensible al contexto perinatal y a la evolución de los síntomas de esa paciente?

Cuando una persona continúa buscando ayuda, sus síntomas cambian, aparecen nuevas preocupaciones o el cuadro no responde como esperamos, la evaluación tampoco puede permanecer estática. Hay que volver a explorar hipótesis, ampliar preguntas, integrar información de distintas fuentes y reconsiderar el diagnóstico diferencial.

Los instrumentos de cernimiento pueden ayudarnos a detectar señales. Pero marcar nueve o diez respuestas nunca equivale a comprender un caso clínico.

Tal vez esa sea una de las enseñanzas más importantes que este juicio puede dejar a quienes trabajamos en salud mental: una buena evaluación no depende solamente de utilizar instrumentos válidos. Depende de saber qué preguntar, cuándo profundizar, cómo integrar la información y cuándo reconocer que nuestra hipótesis clínica necesita cambiar.

Y eso no lo hace ninguna escala por nosotros.

Dr. Juan Aníbal González Rivera

La formulación de casos es uno de los procesos más importantes del razonamiento clínico. Aunque suele recibir menos aten...
04/08/2026

La formulación de casos es uno de los procesos más importantes del razonamiento clínico. Aunque suele recibir menos atención que la evaluación o las técnicas de intervención, constituye el puente entre ambas. Su propósito no es únicamente describir los problemas del paciente, sino desarrollar una explicación clínica que permita comprender cómo se originaron, qué factores los mantienen y cuáles deberían convertirse en objetivos del tratamiento. Desde esta perspectiva, la formulación representa una hipótesis clínica dinámica, sustentada en la evidencia disponible y abierta a revisión conforme avanza el proceso terapéutico.

1. Confundir el diagnóstico con la formulación del caso. Uno de los errores más frecuentes consiste en asumir que el diagnóstico explica el problema del paciente. Sin embargo, los sistemas diagnósticos como el DSM-5-TR o la CIE-11 fueron diseñados principalmente para clasificar patrones de síntomas, facilitar la comunicación entre profesionales y apoyar la investigación. Por sí solos, ofrecen poca información sobre los mecanismos psicológicos que explican por qué una persona desarrolló un problema específico o qué variables deberían abordarse en tratamiento. Como ha señalado Jacqueline Persons, una formulación clínica debe responder una pregunta mucho más compleja: ¿por qué esta persona presenta este problema, de esta manera, en este momento de su vida?

2. Describir síntomas sin identificar los mecanismos que los mantienen. Otra dificultad frecuente es elaborar formulaciones que consisten únicamente en un resumen de síntomas. Aunque esta información es necesaria, resulta insuficiente para guiar la intervención. La literatura contemporánea enfatiza la importancia de identificar procesos psicológicos mantenedores, como la evitación experiencial, las dificultades en la regulación emocional, las creencias nucleares disfuncionales, la intolerancia a la incertidumbre o determinados patrones interpersonales. En muchos casos, estos procesos explican mejor la persistencia del problema que el diagnóstico mismo y constituyen los verdaderos objetivos del tratamiento.

3. No diferenciar entre factores predisponentes, precipitantes y perpetuantes. Los modelos de formulación con mayor respaldo empírico proponen organizar la información clínica distinguiendo claramente entre los factores que aumentaron la vulnerabilidad del paciente, los eventos que precipitaron el inicio del problema y aquellos procesos que continúan manteniéndolo en el presente. Cuando estos elementos se mezclan en una narrativa sin estructura, la formulación pierde claridad y reduce su utilidad clínica. Comprender el origen del problema es importante, pero identificar qué lo mantiene suele ser aún más relevante para planificar una intervención efectiva.

4. Interpretar todo el caso desde un único modelo teórico. En ocasiones, las formulaciones terminan reflejando más las preferencias teóricas del terapeuta que la complejidad del paciente. Algunas explicaciones atribuyen prácticamente todas las dificultades al trauma; otras al apego, a las distorsiones cognitivas, a la personalidad o a la neurobiología. Si bien cada uno de estos modelos aporta información valiosa, la evidencia actual favorece una comprensión multidimensional del funcionamiento humano. Las formulaciones más sólidas integran información biológica, psicológica, interpersonal, evolutiva, familiar y sociocultural, evitando reducir toda la complejidad clínica a una única explicación.

5. Elaborar una formulación que no oriente las decisiones terapéuticas. Una formulación útil no termina cuando finaliza la evaluación. Su verdadero valor radica en orientar el tratamiento. Debe ayudar al clínico a decidir qué procesos priorizar, qué intervenciones tienen mayor probabilidad de ser efectivas y cuáles podrían ser los principales obstáculos para el cambio. Si la formulación no modifica las decisiones clínicas, probablemente se trata únicamente de una buena descripción del caso y no de una verdadera conceptualización clínica.

La literatura coincide en que la formulación de casos no es un documento estático ni una explicación definitiva. Es una hipótesis clínica que evoluciona conforme el terapeuta obtiene nueva información, observa la respuesta al tratamiento y profundiza en la comprensión del paciente. En ese sentido, formular un caso implica mucho más que organizar datos; supone integrar teoría, evidencia científica y juicio clínico para construir una explicación individualizada que permita intervenir de manera más precisa y efectiva.

Más que preguntarnos ”¿qué diagnóstico tiene este paciente?”, quizá la pregunta que debería guiar nuestro razonamiento clínico es otra: ¿qué procesos explican el sufrimiento de esta persona y cuáles de ellos podemos modificar para favorecer un cambio significativo?

En los últimos años, la palabra “narcisista” se ha convertido en una de las etiquetas psicológicas más utilizadas en las...
29/07/2026

En los últimos años, la palabra “narcisista” se ha convertido en una de las etiquetas psicológicas más utilizadas en las redes sociales. Se usa para describir a una expareja egoísta, a una persona que necesita atención, a alguien que evita asumir responsabilidad o incluso a quien simplemente nos trató mal.

Sin embargo, ser egoísta, arrogante, manipulador o poco empático no equivale automáticamente a tener un trastorno narcisista de la personalidad.

El narcisismo no es una categoría de “todo o nada”. Es una dimensión de la personalidad que existe en distintos grados. Todas las personas necesitamos mantener una imagen relativamente positiva de nosotros mismos, sentir que tenemos valor y recibir algún reconocimiento de los demás. En niveles saludables, estas necesidades pueden expresarse mediante confianza, ambición y orgullo por los propios logros. El problema aparece cuando la regulación de la autoestima depende excesivamente de la admiración, el estatus o la validación externa y genera patrones persistentes de deterioro personal e interpersonal.

Además, el narcisismo no siempre se presenta de la manera en que suele mostrarse en las redes sociales. La imagen popular es la de una persona segura, dominante, arrogante y convencida de su superioridad. Sin embargo, la investigación contemporánea también describe una forma vulnerable, caracterizada por una autoestima frágil, hipersensibilidad a la crítica, vergüenza intensa, ansiedad y una fuerte dependencia de la validación de los demás. En algunas personas predominan las características grandiosas; en otras, las vulnerables. Incluso ambas pueden alternar dependiendo del contexto.

Por eso, el narcisismo patológico no consiste simplemente en “quererse demasiado”. Con frecuencia refleja dificultades para mantener una autoestima estable y una identidad integrada. Detrás de una aparente superioridad pueden existir sentimientos persistentes de vacío, inseguridad, humillación o fracaso.

También es importante entender que el trastorno narcisista de la personalidad no se diagnostica por una conducta aislada ni por una relación conflictiva. Requiere un patrón persistente que aparece en distintos contextos, se mantiene a lo largo del tiempo y produce un deterioro significativo en el funcionamiento personal o interpersonal. El diagnóstico solo puede establecerse mediante una evaluación clínica integral; no puede hacerse a partir de videos, listas de “señales” o publicaciones en redes sociales.

Esto tampoco significa que debamos minimizar el daño. Una persona no necesita cumplir criterios para un trastorno de la personalidad para manipular, controlar, invalidar emocionalmente o mantener una relación abusiva. Las conductas pueden ser profundamente dañinas aun cuando no exista un diagnóstico formal.

La evidencia también indica que el narcisismo patológico no tiene una causa única. En su desarrollo interactúan factores genéticos, temperamentales, familiares y experiencias tempranas. En algunas personas, el trauma y la negligencia pueden desempeñar un papel importante; en otras, predominan factores diferentes. La realidad es mucho más compleja que las explicaciones simplistas que suelen circular en internet.

Tampoco es correcto afirmar que una persona con rasgos narcisistas nunca puede cambiar. El tratamiento suele ser complejo y requiere una importante motivación para el cambio, pero la investigación reciente muestra que algunas personas pueden desarrollar una mayor capacidad de autorreflexión, regulación emocional y formas más saludables de relacionarse.

Quizás la pregunta más útil no sea: ”¿Esta persona es narcisista?” Sino: ”¿Qué patrones de conducta presenta, cómo me afectan y qué límites necesito establecer?”

No necesitamos diagnosticar a alguien para reconocer que una relación hace daño. Tampoco debemos convertir cada conflicto, decepción o ruptura en una categoría clínica.

El narcisismo existe. El trastorno narcisista de la personalidad también. Pero comprenderlo exige ir mucho más allá de las etiquetas que hoy dominan las redes sociales. La psicología basada en evidencia nos invita a sustituir los diagnósticos apresurados por una comprensión más rigurosa, más humana y mucho más responsable.

Dr. Juan Aníbal González Rivera

Cuando pensamos en trauma psicológico, muchas personas imaginan un evento aislado y extraordinario. Sin embargo, para un...
27/07/2026

Cuando pensamos en trauma psicológico, muchas personas imaginan un evento aislado y extraordinario. Sin embargo, para un número importante de pacientes con trastornos de la personalidad, el trauma no fue un evento, sino un contexto de desarrollo. Crecieron en ambientes donde el abuso, la negligencia, la invalidación emocional, la violencia o el abandono fueron parte de su experiencia cotidiana.

La investigación de las últimas décadas ha sido consistente: una proporción muy elevada de las personas diagnosticadas con un trastorno de la personalidad reporta haber vivido experiencias traumáticas durante la infancia o la adolescencia. En algunos trastornos, particularmente el trastorno límite de la personalidad, distintos estudios han encontrado que entre un 70% y un 90% de los pacientes tienen antecedentes significativos de trauma infantil, incluyendo abuso físico, abuso sexual, maltrato emocional o negligencia. En otros trastornos de la personalidad, aunque las cifras varían, la prevalencia de experiencias adversas tempranas continúa siendo considerablemente mayor que en la población general.

Esto no significa que el trauma explique todos los casos ni que toda persona que haya vivido trauma desarrollará un trastorno de la personalidad. La relación es mucho más compleja. Factores genéticos, temperamentales, neurobiológicos y ambientales interactúan entre sí para influir en el desarrollo de la personalidad. Sin embargo, ignorar el impacto del trauma sería dejar fuera una de las piezas más importantes del rompecabezas clínico.

Durante muchos años, los trastornos de la personalidad fueron vistos principalmente como patrones rígidos de conducta o como características permanentes del individuo. Hoy sabemos que, en muchos pacientes, esas conductas representan intentos de adaptación a entornos profundamente inseguros. La impulsividad, la hipervigilancia, el miedo intenso al abandono, la desregulación emocional o incluso la desconfianza extrema pueden entenderse como estrategias que en algún momento ayudaron a sobrevivir, aunque posteriormente se hayan convertido en fuentes de sufrimiento.

Esta comprensión tiene implicaciones profundas para la práctica clínica. En lugar de preguntarnos únicamente ”¿qué le pasa a esta persona?”, debemos comenzar a preguntarnos también ”¿qué le ocurrió?”. Ese cambio de perspectiva no elimina la responsabilidad personal ni modifica los criterios diagnósticos, pero sí transforma la manera en que nos acercamos al paciente. Reduce el estigma, favorece la empatía clínica y permite desarrollar intervenciones más precisas y efectivas.

Por esta razón, toda evaluación de un paciente con un posible trastorno de la personalidad debería incluir una exploración cuidadosa de experiencias adversas tempranas, trauma complejo y patrones de apego. No porque el trauma sea la única explicación, sino porque con demasiada frecuencia constituye una parte fundamental de la historia clínica que ayuda a comprender el origen y el mantenimiento de muchas de las dificultades actuales.

Comprender la relación entre trauma y personalidad no significa abandonar el diagnóstico de los trastornos de la personalidad. Significa enriquecerlo. Significa reconocer que, detrás de muchos de los síntomas que observamos en la consulta, existe una historia de adaptación al sufrimiento que merece ser entendida con el mismo rigor científico con el que merece ser tratada.

Dr. Juan Aníbal González Rivera

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