14/06/2026
Llevo toda la semana meditando en este proyecto de ley y creo que la pregunta que debemos hacernos es:
¿ Cómo protegemos mejor a los niños más vulnerables sin destruir la privacidad, la confianza y la efectividad de la terapia para todos los demás?
Todos queremos proteger a los niños. Especialmente a aquellos que son no verbales, que tienen discapacidades significativas o que no pueden comunicar fácilmente si algo les incomoda o les hace daño. Esa preocupación es legítima y merece ser tomada en serio. Pero proteger no siempre significa vigilar.
Cuando se propone la grabación de las sesiones terapéuticas con menores, la intención puede parecer noble. Sin embargo, debemos preguntarnos cuál sería el verdadero costo de esa medida. Porque mientras intentamos proteger a algunos niños, podríamos estar perjudicando a muchos otros.
Pensemos por un momento en los niños que han sobrevivido abuso sexual. En los menores que viven situaciones complejas de custodia. En adolescentes que luchan con pensamientos suicidas. En jóvenes que intentan comprender quiénes son, que exploran aspectos profundos de su identidad o que cargan experiencias extremadamente dolorosas que nunca han contado a nadie. Para muchos de ellos, la terapia es el único lugar donde pueden hablar con libertad.
¿Qué ocurriria si saben que cada palabra, cada lágrima, cada revelación y cada momento de vulnerabilidad quedará registrado de manera permanente?
La realidad es que muchos dejarán de hablar. Otros hablarán menos. Algunos ocultarán aquello que más necesitan trabajar y cuando eso ocurre, la relación terapéutica se debilita. Y exponemos a estos menores a otras situaciones críticas.
La verdadera protección no consiste en grabar a todos los niños todo el tiempo. Consiste en desarrollar medidas específicas para quienes tienen mayores necesidades de apoyo: supervisión clínica, participación apropiada de cuidadores, observación cuando sea necesario, entrenamiento especializado, protocolos de seguridad individualizados y mecanismos efectivos de reporte.
No debemos caer en la falsa idea de que una medida universal es automáticamente la mejor medida para TODOS los niños.
Las políticas públicas más responsables son aquellas que logran proteger a los más vulnerables sin sacrificar los derechos y necesidades de todos los demás.
Los niños necesitan seguridad pero también necesitan privacidad. Necesitan protección, pero también necesitan un espacio donde puedan hablar sin miedo y cualquier propuesta que olvide una de esas dos necesidades corre el riesgo de causar el mismo daño que intenta prevenir.
Dra. Fermina L. Román – Psicóloga