09/08/2026
Consejos de cabecera
FERNANDO CABANILLAS
Hormonas para la menopausia: ¡sin miedo!
9 de agosto de 2026
En julio de 2002, un estudio científico provocó un terremoto en la medicina. En cuestión de horas, millones de mujeres dejaron de tomar terapia hormonal para la menopausia y miles de médicos dejaron de prescribirla. Los titulares eran categóricos: “Las hormonas aumentan el riesgo de cáncer de mama”.
Era una noticia impactante, pero también una simplificación.
El estudio responsable de ese cambio fue el Women’s Health Initiative (WHI), probablemente el ensayo clínico más importante realizado sobre la salud de la mujer posmenopáusica. Sus resultados transformaron la práctica médica en todo el mundo. Pero, como suele ocurrir en ciencia, la historia completa era mucho más compleja.
Lo primero que conviene aclarar es que el WHI no fue solo un estudio, sino dos ensayos clínicos distintos. El primero incluyó a más de 16,000 mujeres que aún tenían útero. Dado que los estrógenos aumentan el riesgo de cáncer del útero, estas participantes recibieron una combinación de estrógeno y acetato de medroxiprogesterona para proteger el útero del estímulo estrogénico. Tras poco más de cinco años de seguimiento, los investigadores observaron un aumento del riesgo de cáncer de mama, enfermedad coronaria, accidente cerebrovascular y trombosis venosa. A cambio, disminuyeron las fracturas osteoporóticas y el cáncer colorrectal. Fue ese aumento en cáncer de mama el que le dio la vuelta al mundo.
Sin embargo, hubo un segundo ensayo del que casi nadie habló. En ese estudio participaron más de 10,000 mujeres que no tenían útero, porque en algún momento les había realizado una histerectomía por diversas razones. Al no tener útero, podían recibir estrógenos solos, sin necesidad de añadir progesterona. Este ensayo también se suspendió principalmente por un aumento del riesgo de accidentes cerebrovasculares. Pero ocurrió algo inesperado: en este segundo grupo se observó una menor incidencia de cáncer de mama y una reducción en la mortalidad por esta enfermedad, en comparación con las mujeres que recibieron placebo y no estrógeno.
La conclusión ya no podía ser que “todas las hormonas producen cáncer de mama”. La culpable era específicamente la medroxiprogesterona.
Hay otro detalle que rara vez aparece en los titulares. La edad promedio de las participantes era de 63 años, bastante mayor que la de la mayoría de las mujeres que se consultan por síntomas de la menopausia. Cuando iniciaron el tratamiento hormonal muchas habían pasado más de diez años desde su última menstruación. Hoy sabemos que ese dato importa y mucho. Las mujeres más jóvenes, de 50 a 59 años, no mostraron un incremento claro del riesgo de accidentes cerebrovasculares.
Durante los veinte años siguientes, nuevos estudios permitieron comprender que el momento en que se inicia la terapia hormonal influye de manera decisiva en su perfil de seguridad. En mujeres menores de 60 años o dentro de los diez años posteriores al inicio de la menopausia, los beneficios suelen superar los riesgos.
También aprendimos otra lección importante: no todas las hormonas son iguales. El Women’s Health Initiative evaluó el acetato de medroxiprogesterona, una progesterona sintética. Desde entonces, estudios posteriores, especialmente el estudio francés E3N, han sugerido que la progesterona micronizada podría tener un perfil más favorable respecto al riesgo de cáncer de mama. Este dato ha influido notablemente en la práctica clínica.
Por ello, The Menopause Society, la International Menopause Society y la European Menopause and Andropause Society, ya no hablan de “terapia hormonal” como si fuera un único tratamiento. Recomiendan individualizar la decisión y, cuando esté indicado, utilizar preferiblemente estrógeno (estradiol), por vía de parches en la piel, y progesterona micronizada en las mujeres que tienen útero. El estradiol, por sí solo, puede usarse exclusivamente en mujeres sin útero; de lo contrario, el estrógeno estimularía el endometrio y elevaría el riesgo de cáncer del útero. En algunos casos los pellets de testosterona son útiles.
Durante más de dos décadas, innumerables mujeres soportaron sofocones incapacitantes, insomnio, cambios de humor, deterioro de la vida sexual y pérdida de calidad de vida porque creían que cualquier tratamiento hormonal implicaba un riesgo inaceptable. Muchas nunca se enteraron de que la evidencia había evolucionado.
Y la menopausia es mucho más que sofocones. La disminución de los estrógenos acelera la pérdida de masa ósea, aumenta el riesgo de osteoporosis y fracturas, y favorece cambios metabólicos que incrementan el riesgo cardiovascular. También puede afectar el sueño, la memoria, el estado de ánimo, la salud ge***al y la función sexual. No se trata simplemente del final de la menstruación; es una etapa de profundos cambios fisiológicos que merecen una atención médica integral.
Afortunadamente, hoy contamos con muchas más opciones que hace veinte años. Además de la terapia hormonal, contamos con tratamientos no hormonales muy efectivos para los sofocones. Fezolinetant, por ejemplo, ha demostrado reducir su frecuencia e intensidad en aproximadamente un 50 o 60%.
Quizá la mayor enseñanza del Women’s Health Initiative no es que no debamos temer a las hormonas, sino que debemos desconfiar de las conclusiones simplistas. En la menopausia importan la edad, el momento de inicio del tratamiento hormonal, el tipo de progesterona, la vía de administración y los antecedentes de cada mujer.
Hace veinticuatro años, ese estudio cambió la forma en que se hablaba de la menopausia y el verdadero riesgo no fue únicamente interpretar mal sus conclusiones; fue permitir que el titular de un periódico sustituyera durante demasiado tiempo a la ciencia. En resumen, la menopausia no necesita héroes ni villanos. Necesita buena información. Porque los sofocones son bastante calientes por sí solos; no hace falta encenderlos con titulares explosivos.