12/06/2026
Voy a compartir mi sentir con ustedes con la honestidad que me caracteriza.
Llevo alrededor de 14 años trabajando con niños, niñas y adolescentes, y es una población que me apasiona atender. Sin embargo, las recientes expresiones a favor del P. de la S. 1301 me han llenado de preocupación y frustración. No se trata de miedo a que me graben. Se trata de proteger la esencia de nuestro trabajo y, sobre todo, el derecho de los menores a un espacio seguro y confidencial.
Pienso en ese adolescente que, luego de semanas o meses, reúne el valor para contar algo que nunca había dicho. Pienso en esos momentos en los que podemos orientar, intervenir y ayudar a construir puentes de comunicación con sus familias. Muchas veces logramos que sean ellos mismos quienes compartan situaciones difíciles con sus encargados, en un ambiente de apoyo y comprensión.
La terapia no es simplemente hacer preguntas y recibir respuestas. La terapia es construir confianza. Es crear un espacio donde un menor pueda expresarse sin temor, sentirse escuchado y recibir ayuda.
Si esta medida se aprueba tal como está, esta servidora no continuará atendiendo niños y adolescentes. No porque tenga algo que ocultar, sino porque entiendo que la confidencialidad es una herramienta fundamental para que el proceso terapéutico sea efectivo.
Quienes trabajamos con menores sabemos que no atendemos únicamente a un niño o adolescente; trabajamos con familias completas. Por eso me preocupa profundamente que se adopten medidas que puedan afectar la confianza necesaria para que nuestros jóvenes reciban la ayuda que necesitan.
Esta discusión no debe centrarse únicamente en grabar o no grabar. Debe centrarse en cómo protegemos el bienestar emocional, la privacidad y el acceso a servicios de salud mental de calidad para nuestros niños y adolescentes.
Dra. Malvaliz