22/03/2026
Hay algo profundamente digno en quien se sienta ahí, frente a sí mismo. No en el sillón del terapeuta, que parece más cómodo, más contenido, más a salvo, sino en ese otro lugar donde no hay más refugio que la propia historia. Porque quien consulta no viene a descansar, viene a sostener lo que durante mucho tiempo evitó mirar.
En ese espacio, el silencio no un vacío, está lleno de palabras que aún no se dicen, de emociones que apenas empiezan a tomar forma, de verdades que incomodan y aun así, alguien decide quedarse. Decide no levantarse, no distraerse, no escapar. Decide habitar ese momento, incluso cuando duele.
Por eso, la terapia no le pertenece a quien escucha, sino a quien se atreve a hablar, a sentir, a recordar. El protagonista no es quien guía, sino quien cruza la puerta y, con todo y miedo, se sienta de frente. Porque ese acto, tan sencillo en apariencia, es, en realidad, un gesto de enorme valentía, el de elegirse, el de hacerse cargo, el de empezar a cambiar su propia historia.
Artu.