24/07/2026
Aprendimos a sobrevivir tan bien que, por momentos, olvidamos cómo vivir. En consulta escucho historias de personas que trabajan jornadas extenuantes, sostienen familias enteras, cuidan de otros mientras se abandonan a sí mismas y cargan responsabilidades que nunca eligieron. No porque les guste vivir así, sino porque, muchas veces, las circunstancias no les han dejado otra alternativa.
Con el tiempo dejamos de preguntarnos qué soñamos y empezamos a preguntarnos únicamente qué debemos resistir. Sobrevivimos. Cumplimos. Respondemos. Seguimos adelante. Y desde afuera pareciera que todo está bien. Pero por dentro llevamos tanto tiempo sosteniendo el peso de la vida que, en ocasiones, olvidamos cómo se siente vivir con tranquilidad.
Vivimos en una cultura que suele definir el éxito por la capacidad de producir, soportar y rendir. Nos enseñaron que el éxito consiste en subir: ganar más, trabajar más, sacrificar más. Sin embargo, una paciente me regaló una frase que sigo pensando hasta hoy: "El éxito también consiste en saber descender." Descender no siempre significa abandonar un trabajo o terminar una relación. A veces significa dejar de exigirnos aquello que ya no podemos sostener, renunciar a expectativas imposibles o reconocer, sin culpa, que también somos seres humanos con límites.
La salud mental no puede comprenderse ignorando el contexto en el que las personas intentan salir adelante. Hay quienes no permanecen porque quieran, sino porque sienten que no tienen otra opción. Por eso, antes de preguntarle a alguien por qué no renuncia, quizá deberíamos preguntarnos qué condiciones tendría que existir para que pudiera hacerlo sin poner en riesgo su vida, su familia o su dignidad.
Quizá el verdadero éxito no sea resistir hasta romperse. Quizá el verdadero éxito sea construir una sociedad donde vivir no implique sobrevivir todos los días.