01/09/2026
Como profesional de la salud mental, mi día a día transcurre en un espacio donde el dolor humano se vuelve tangible. He estado sentada frente a cientos de personas que, en su hora más oscura, sintieron que la única forma de detener un sufrimiento insoportable era terminar con su propia vida. He sostenido las manos de quienes sobrevivieron a un intento de suicidio, escuchando el eco de su desesperación, pero también presenciando el milagro de su reconstrucción cuando reciben el apoyo adecuado.
Por eso, este 10 de septiembre no es una fecha más en el calendario. Es un recordatorio de que el suicidio se puede prevenir y de que debemos, urgentemente, "cambiar la narrativa". Cambiar la narrativa significa pasar del estigma, el juicio y el silencio, a la apertura, la compasión y la acción temprana.
A lo largo de mi carrera médica, he aprendido tres verdades fundamentales que hoy quiero compartir con ustedes:
1. Preguntar directamente salva vidas. Existe el mito de que hablar sobre el suicidio le da la idea a la persona. Es todo lo contrario. Preguntar de manera frontal y empática: "¿Has pensado en hacerte daño?" o "¿Has pensado en el suicidio?", no incita al acto; abre una válvula de escape para un dolor que se estaba gestando en total aislamiento.
2. Nadie está libre de sufrir. La salud mental no discrimina estatus social, edad o éxitos profesionales. Quien contempla el suicidio no busca morir; busca desesperadamente dejar de sufrir, y su mente, bloqueada por la angustia, no le permite ver otras alternativas.
3. La prevención es una tarea colectiva. La salud mental no pertenece exclusivamente a los psicólogos o psiquiatras. La prevención empieza en la mesa de la casa, en las aulas, en los lugares de trabajo y en las comunidades. Empieza cuando decidimos escuchar sin juzgar, notar los cambios de conducta de nuestros amigos y validar el dolor del otro en lugar de minimizarlo