03/07/2026
Los vecinos lo trajeron. Él estaba trabajando como albañil en la casa de uno de ellos, pero no se sentía del todo bien. En ese pueblo varias personas me conocen porque han sido pacientes míos, así que decidieron llevarlo a mi consultorio.
Al evaluarlo, noté que su pulso era muy bajo. Normalmente, durante el día, la frecuencia cardíaca debe estar entre 60 y 100 latidos por minuto; sin embargo, él tenía apenas 30. Era una bradicardia severa.
Le realicé un electrocardiograma y encontré un problema eléctrico del corazón llamado bloqueo auriculoventricular (A-V) de tercer grado. Para quienes no son médicos, es como si el cableado eléctrico del corazón, el sistema que lleva la señal para que el corazón lata de forma coordinada, estuviera partido en dos. Es una condición que prácticamente siempre requiere el implante de un marcapaso permanente.
Después de comprobar mediante el ecocardiograma (el ultrasonido del corazón) que la estructura y la función de su corazón eran normales, le coloqué un Holter de 24 horas para confirmar que el problema era exclusivamente eléctrico.
Ellos venían desde Candelaria, Lempira, en Honduras. Lo que más me llamó la atención fue que sus vecinos decidieron acompañarlo hasta el último momento. Se quedaron con él aquí, en El Salvador, durante todo el proceso. Al día siguiente retiré el Holter y confirmé el diagnóstico, además de encontrar otros detalles interesantes.
Entonces le expliqué que un bloqueo de ese grado necesitaba un marcapaso permanente y que debía implantárselo lo antes posible. Era una verdadera urgencia médica.
Sin embargo, él me respondió que primero debía regresar a su casa, arreglar sus maletas y luego volver para el procedimiento. Intenté convencerlo de que no lo hiciera, pero fue imposible. Confieso que me quedé muy preocupado.
Llegó a su casa en Santa Rosa de Copán, pasó por Candelaria, cruzó la frontera nuevamente y finalmente logró que le implantaran su marcapaso permanente. Dos días después del procedimiento recibió el alta y regresó con tranquilidad a su hogar, donde hoy disfruta de la compañía de sus dos hijas y de su familia.
De esta historia solo puedo sacar dos conclusiones.
La primera es que Dios estuvo con ese paciente en cada paso del camino.
La segunda es que su condición física probablemente le dio un margen de seguridad que otra persona, más sedentaria, quizá no habría tenido. Su trabajo como albañil lo mantenía activo, y ese corazón, a pesar de tener un sistema eléctrico gravemente enfermo, aún conservaba la capacidad de soportar el esfuerzo suficiente para llegar a tiempo al tratamiento.
El ejercicio no garantiza que nunca enfermaremos. Nadie está exento de eso. Pero sí cambia profundamente la manera en que enfrentamos la enfermedad cuando esta aparece.
Los corazones activos suelen resistir mejor las crisis. Se recuperan con mayor facilidad, toleran mejor los tratamientos y, muchas veces, disponen de ese tiempo extra que puede hacer la diferencia entre llegar o no llegar.
Realizar actividad física no solo es una forma de prevenir enfermedades. A veces, también es la diferencia entre tener una segunda oportunidad y no tenerla.