08/11/2026
¿Enseñó Santo Domingo que la santidad es pasiva?
Queridos hermanos en Cristo:
En Santo Domingo de Guzmán vemos que la santidad es un deseo ardiente de llevar a Cristo al mundo: un alma, una palabra y una oración del Rosario a la vez. Es este fuego el que aquieta todo corazón inquieto y serena todo espíritu ansioso, conduciéndonos suavemente, a través del testimonio de Santo Domingo, hacia esa misma quietud que él buscaba en la oración.
Santo Domingo fue un hombre de contemplación que no podía guardar silencio en medio de la época convulsa que le tocó vivir; porque lo que recibía en la oración lo proclamaba desde valles y colinas, convencido de que el amor a Dios y el amor al prójimo son dos llamas que surgen de un mismo hogar sagrado. Al honrarlo hoy, recordamos que la santidad es un fuego que se enciende primero en la oración silenciosa y luego se lleva al exterior, al mundo tumultuoso.
Nacido en España en 1170, Santo Domingo fue un sacerdote que fundó la Orden de Predicadores para llevar la luz de la sana doctrina —las verdades arraigadas en la Sagrada Escritura y la Sagrada Tradición— a una época oscurecida por la herejía y la confusión. Enseñó con su vida que la verdad nunca debe temer a la luz, pues la verdad es Cristo mismo.
Compasivo con los pecadores, pero firme ante el error; pobre en posesiones, pero rico en sabiduría, Santo Domingo demostró que la contemplación y la acción son compañeras que recorren juntas el camino de la vida. Insistía en que sus frailes debían «transmitir los frutos de la contemplación»: aquello que nace del silencio compartido con Dios en la oración no está destinado a permanecer oculto; debe desbordarse en la forma en que tratamos a los demás, proclamamos la verdad y servimos a los necesitados, incluidos nosotros mismos.
Para nuestras propias almas, esta enseñanza corrige dos tentaciones comunes: el fervor religioso privado que nunca toca la vida cotidiana y la actividad sin raíces en la oración. Domingo nos señala un tercer camino: una oración tan viva que no puede quedarse encerrada dentro de nosotros. La tradición dominicana expresa esta idea mediante la imagen de un sabueso que corre con una antorcha en la boca, incendiando el mundo. La imagen quizá sea poco elegante, pero no por ello menos aguda, pues así es como se propaga el fuego santo: no por la fuerza, sino por un amor que no puede contenerse.
A nosotros, sus hijos espirituales a lo largo de ocho siglos, la tradición le atribuye una especial difusión del Santo Rosario: esa cadena divina de cuentas mediante la cual Nuestra Señora sigue atrayendo a todo corazón errante e inquieto hacia su Hijo. Gracias, Santo Domingo, por enseñarnos a llevar esa misma llama gemela a toda alma necesitada, incluida la nuestra, pues también debemos aprender a ser amables con nuestros propios corazones.
Que la paz esté usted y con todos sus seres queridos...