07/07/2026
Las Dos Varas de Doña Rosa
Doña Rosa era una madre sobreprotectora que vivía por y para sus dos hijos varones: Mateo y Leo. Para ella, sus muchachos eran el centro del universo, incapaces de actuar con malicia.
Un jueves por la tarde, mientras tomaba el té con sus amigas, el tema de conversación giró en torno al matrimonio de su hijo mayor, Mateo.
—Ay, amigas, me da tanta lástima mi Mateo —comentó Rosa, suspirando—. Su esposa, Clara, tiene un carácter imposible; lo saca de sus casillas. El pobre llega agotado del trabajo, buscando paz, y ella siempre le tiene un reclamo. Ayer los escuché discutir; él le gritó muy feo, le dijo que era una inútil y hasta aventó un florero contra la pared.
Las amigas la escuchaban en silencio, mientras Rosa se apresuraba a defenderlo:
—Pero entiéndanlo, él no es malo, es que ella lo provoca. Lo lleva al límite con sus inseguridades. Si ella fuera más comprensiva, él no tendría que perder el control así. ¡Cualquier hombre explotaría con una mujer tan necia! Al final, el pobre Mateo es el que sufre por el estrés que ella le causa.
El grupo asintió levemente, sin querer contradecirla.
Un par de meses después, en otra reunión, Rosa llegó hecha un mar de lágrimas y llena de rabia. Esta vez, la protagonista de su angustia era el matrimonio de su hijo menor, Leo.
—No saben la pesadilla que está viviendo mi niño —dijo Rosa, temblando de coraje—. Su esposa es un monstruo, una mujer tóxica y abusiva.
—¿Qué pasó, Rosa? —preguntó una amiga, preocupada.
—Que ella lo maltrata emocionalmente. Le grita por cualquier tontería, lo humilla frente a todos y lo hace sentir que no vale nada. Ayer le gritó horrible porque él se equivocó en una compra. ¡Le dijo que era un inútil! Ningún ser humano tiene derecho a levantarle la voz a su pareja ni a tratarla así, por muy estresada que esté. Mi hijo es víctima de una maltratadora. ¡Nadie merece vivir con ese miedo!
El silencio llenó la sala. Las amigas cruzaron miradas, recordando la conversación de hacía unas semanas. Fue entonces cuando doña Carmen, una mujer mayor y muy prudente, puso su taza en la mesa y la miró a los ojos.
—Rosa... ¿te das cuenta de lo que estás diciendo?
Rosa intentó protestar, pero Carmen continuó con voz suave pero firme:
—Cuando tu hijo Mateo grita, humilla y avienta cosas, dices que su esposa "lo provoca" y justificas su violencia. Pero cuando a tu hijo Leo le hacen exactamente lo mismo, la llamas "monstruo abusivo" y exiges respeto. Al que lastima a tu hijo lo condenas, pero al hijo tuyo que lastima, lo disculpas. Rosa, la esposa de Mateo está sintiendo exactamente el mismo terror que hoy siente tu hijo Leo.
Rosa bajó la mirada. De pronto, las excusas que siempre había usado para proteger a su hijo mayor se desmoronaron, dejando ver la cruda realidad del dolor que él también estaba causando.
La moraleja:
El maltrato no cambia de gravedad según quién lo ejerza. Cuando justificamos la violencia o el abuso emocional diciendo "lo provocaron" o "estaba estresado", nos convertimos en cómplices del daño. La verdadera empatía y la sanación comienzan cuando dejamos de medir el abuso según nuestros afectos y reconocemos que el respeto es un derecho universal, sin importar de qué lado de la historia estén nuestros seres queridos.
Qué opinas de la doble moral de Doña Rosa?