09/30/2026
Descubrir que un hijo se está haciendo daño puede despertar miedo, enojo, culpa, confusión e incluso desesperación. Y desde ese miedo, es natural querer encontrar una solución inmediata.
Pero antes de intentar corregir la situación, hay algo que puede hacer una gran diferencia: regular nuestra propia reacción para poder acercarnos desde la calma.
La autolesión suele estar relacionada con un malestar emocional que el adolescente todavía no sabe cómo expresar o manejar de otra manera.
Por eso, los gritos, las amenazas, los castigos o los ultimátums pueden hacer que se cierre aún más y comience a ocultar lo que está viviendo.
Acompañar no significa aprobar la conducta. Podemos decir: “No quiero que te hagas daño, pero quiero entender qué estás sintiendo y estar contigo mientras buscamos otras formas de manejarlo.”
También es importante escuchar sin convertir la conversación en un interrogatorio.
Preguntar “¿Cómo te sentías antes de hacerlo?” puede abrir una puerta muy distinta a exigir explicaciones.
La curiosidad genuina comunica: quiero comprenderte, no juzgarte.
Buscar ayuda también puede ser un proceso colaborativo.
Darle opciones, preguntarle con quién se sentiría más cómodo hablando o involucrarlo en la búsqueda de apoyo profesional puede ayudarle a conservar cierta sensación de autonomía en un momento en el que probablemente siente que muchas cosas están fuera de su control.
El objetivo no es obligarlo a estar bien de inmediato. Es ayudarlo, poco a poco, a desarrollar otras herramientas para afrontar lo que siente, fortalecer su autoestima y descubrir que puede hablar de su dolor sin perder tu amor, tu respeto o tu compañía.
Tu papel no es tener todas las respuestas ni “arreglar” a tu hijo. Es mantener abierta la puerta para que pedir ayuda pueda sentirse seguro.
A veces, el primer paso hacia la recuperación comienza con algo tan sencillo —y tan difícil— como poder decir: “No tienes que contarme todo hoy. Pero cuando estés listo, aquí estoy.”