02/24/2026
Callo. Asiento. Continúo.
Y sigo hablando como si nada hubiera pasado,
pero por dentro algo se encoge en silencio.
No se ve en mis gestos, pero sí en esa presión en el pecho, en esa incomodidad que aparece de repente, como un eco de algo viejo.
Muchas veces no duele solo lo que ocurrió,
duele lo que activa: memorias, inseguridades, heridas que parecían cerradas, pero que aún laten.
El cuerpo lo percibe primero.
La garganta se tensa, el estómago se aprieta, y aparece ese impulso automático de “no hagas problema”.
En psicología esto se conoce como supresión emocional: cuando eliges guardarte lo que sientes para evitar conflicto, rechazo o exposición.
No es falta de carácter.
Es una forma de protegerte.
Pero también es un mensaje:
hay emociones que necesitan ser reconocidas, palabras que merecen salir, partes de ti que llevan tiempo esperando espacio.
Sostenerte no es ignorar el dolor.
Es permitirte sentirlo con compasión, sin exigirte estar bien de inmediato.
Porque sanar no es resistir en silencio.
Sanar es mirar lo que te lastimó
y empezar a darte el cuidado que un día te faltó.