09/13/2026
Mujer, si esta imagen te recuerda algo, no apartes la mirada.
Quizá no estás contemplando una fantasía.
Quizá estás viendo la parte de ti que sobrevivió a todo aquello que intentó destruirla.
La parte que aprendió a sonreír mientras escondía el miedo.
La que convirtió sus heridas en silencio.
La que durante años huyó de su propia oscuridad porque temía descubrir lo que podía encontrar allí.
Pero llega un momento en la vida en el que ya no puedes seguir escapando de ti misma.
El miedo te alcanza.
El dolor te llama.
Y aquello que tanto intentaste mantener encerrado comienza a golpear desde dentro.
Entonces ocurre algo que puede cambiarlo todo: dejas de mirar a tu dragón como un enemigo y te atreves a sostenerle la mirada.
Porque quizá esa criatura no vino a acabar contigo.
Quizá vino a devolverte una fuerza que habías olvidado.
Hay imágenes que no se observan desde afuera.
Se sienten.
Se atraviesan.
Se recuerdan.
Y quién sabe…
Quizá, en alguna experiencia de vida, bajo otro cielo y habitando otra forma, también montábamos y volábamos con los dragones.
Tal vez por eso algunas imágenes no parecen nuevas. Nos estremecen como si despertaran una memoria antigua que la mente no puede explicar, pero que el alma reconoce.
La mujer sobre el dragón no representa una fantasía de poder ni la victoria sobre una criatura vencida.
Representa una alianza.
El dragón simboliza nuestros temores más profundos, la rabia que silenciamos, las heridas que escondemos y la oscuridad más densa que un ser humano puede llegar a habitar.
Durante mucho tiempo creemos que debemos huir de nuestros dragones: del miedo, del dolor, de aquello que nos avergüenza y de todas las partes de nosotras que no queremos mirar.
Pero llega un momento en el que ya no podemos seguir corriendo.
Entonces descendemos al sótano de nuestro propio ser, a ese lugar en el que no sabemos qué demonio o qué fantasma aparecerá para asustarnos.
Y cuando finalmente dejamos de escapar y lo miramos cara a cara, ocurre algo inesperado:
Ya no sabemos quién teme más, si nosotras al demonio o el demonio a nuestra mirada.
Ahí comienza la transformación.
Montar el dragón representa habernos atrevido a abrazarlo.
Abrazar nuestros temores.
Abrazar nuestras heridas.
Abrazar aquello que todavía duele.
Abrazar incluso la parte de nosotras que durante años intentamos rechazar.
No para justificar lo vivido ni romantizar el sufrimiento, sino para dejar de ser perseguidas por aquello que no nos atrevíamos a mirar.
La palabra dragón procede del griego drákōn, vinculada con la idea de mirar fijamente, observar con una mirada penetrante. Por eso, simbólicamente, el dragón también puede ser comprendido como el observador y el guardián.
Quizá nuestros dragones nunca vinieron únicamente a destruirnos.
Quizá estaban custodiando una fuerza, una memoria o una sabiduría que todavía no sabíamos habitar.
La mujer de esta imagen no está sobre el dragón porque lo haya dominado. Está allí porque ambos dejaron de ser enemigos.
Ella comprendió que no todo lo feroz debe ser destruido. Y el dragón reconoció que ella no había llegado para someterlo.
Quizá al principio se temieron.
Porque así comienzan muchos vínculos: protegiéndonos de aquello que todavía no conocemos, interpretando la cercanía como una invasión y levantando defensas antes de comprender las intenciones del otro.
Pero la alianza nació cuando ambos dejaron de luchar.
Eso sucede también dentro de cada mujer cuando deja de combatir su propia naturaleza, escucha lo que su sombra viene a mostrarle y recupera la fuerza que había permanecido oculta detrás del miedo.
Durante siglos hemos convertido en amenaza aquello que no comprendemos. Temimos al dragón, al cuervo, a la serpiente y a todo lo que habitaba los territorios misteriosos de la existencia.
Tal vez no los rechazamos porque carecieran de luz.
Tal vez los rechazamos porque su sabiduría no podía ser domesticada.
Por eso, abrazar al dragón no significa entregarnos a la oscuridad. Significa entrar en ella con consciencia, mirarla de frente y recuperar aquello que el miedo mantenía prisionero.
Cuando una mujer deja de huir de sus dragones, descubre que la criatura que parecía perseguirla también custodiaba sus alas.
Entonces toma las riendas, no para dominar, sino para caminar en alianza con su propia fuerza.
Y aquello que un día creyó que acabaría con ella se convierte en lo mismo que le enseña a volar.
Porque el dragón nunca fue el final de su historia.
Era la puerta.
Y cuando se atreve a cruzarla, ya no vuelve a ser la mujer que huía de su oscuridad:
Se convierte en la mujer que aprendió a volar con ella.