14/07/2026
No bajé de peso haciendo una dieta. Lo logré cambiando hábitos que pude mantener en el tiempo.
Lo primero fue reducir el estrés, porque entendí la importancia del cortisol y cómo puede influir en el metabolismo. Dejé de cenar y hago mi última comida alrededor de las 19:00. También saqué la televisión del dormitorio para mejorar mi descanso.
Eliminé los embutidos, los ultraprocesados, las galletitas, las golosinas, las papas fritas, los snacks y el picoteo entre comidas. No consumo alcohol.
Si quiero comer pan, elijo pan de panadería antes que pan de molde. Y si tengo ganas de algo dulce, prefiero un bizcochuelo casero antes que un alfajor industrial.
Mi primera comida del día es muy importante. La base suele ser proteínas de buena calidad, como huevos, pollo o carne, acompañadas de verduras y una porción de carbohidratos como boniato o zapallo. No me obsesiono con la comida: simplemente priorizo alimentos reales y nutritivos.
Además, uso pasta dental sin flúor como parte de mis elecciones personales para reducir mi exposición a ciertos productos.
En mi caso, la clave no fue una dieta milagrosa, sino cambiar hábitos que pudiera sostener todos los días. Eso fue lo que hizo la diferencia.
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