12/07/2026
Quizá deberíamos pensar un poco más en la muerte.
Casi nunca pensamos en ella. Y cuando lo hacemos, intentamos quitárnosla rápido de la cabeza. No es agradable preguntarse: ¿cómo será todo cuando yo ya no esté aquí?
Pero creo que pensar en la muerte, de vez en cuando, puede ayudarnos a distinguir lo que de verdad importa de lo que no.
Párate un segundo: ¿estás siendo la persona que realmente quieres ser?
Porque quizá una vida bien vivida tenga mucho que ver con no arrepentirnos de aquello que, en el fondo, sabemos que importa.
Decirle «te quiero» a tu madre y a tu padre, aunque pienses que ya lo saben.
Perseguir aquello que de verdad quieres hacer, aunque otros no lo entiendan.
Atreverte a cerrar relaciones que ya no encajan contigo y abrirte a las nuevas personas que la vida pueda traer.
Decirle a alguien lo que sientes sin vivir pendiente del rechazo o de lo que pueda pensar de ti.
Sacar tiempo para ti. Preguntarte si el trabajo que has elegido se parece a la vida que quieres vivir. Y hasta prestar atención a algo tan pequeño como la forma en la que saludas a la cajera del supermercado.
Porque la vida también está ahí. En esas pequeñas decisiones que repetimos cada día y que, casi sin darnos cuenta, terminan diciendo quiénes somos.
Vivimos como si siempre hubiera un después.
Después le llamaré.
Después lo intentaré.
Después diré lo que siento.
Después viviré como realmente quiero.
Pero nadie nos ha prometido ese después.
Quizá la muerte no esté solo para recordarnos que un día todo termina.
Quizá también esté para recordarnos cómo queremos vivir nuestra vida y cómo la estamos viviendo realmente.
No se trata de querer ser eternos ni de vivir 120 años. Se trata de poner lo mejor de ti ahora, en este momento. Lo mejor que tú puedas.
La vida tiene sentido.
Y quizá la muerte también.
Solo tenemos que aprender a utilizar su recuerdo a nuestro favor.
Jesús.