27/09/2026
Estos días estoy en Londres estudiando.
Y mientras esperaba un tren pensaba que quizá esta imagen resume bastante bien una idea que llevo años teniendo sobre la enseñanza.
Ser profesor no significa aprender algo y dedicar el resto de tu vida a repetirlo.
Significa aceptar que, si quieres enseñar durante muchos años, probablemente tendrás que pasar esos mismos años estudiando, revisando y, en ocasiones, cuestionando aquello que tú mismo has enseñado.
Porque el conocimiento cambia.
La ciencia avanza.
La pedagogía evoluciona.
Y también cambia nuestra comprensión del yoga, de su historia, del cuerpo y de la manera en que aprendemos.
Durante más de dos décadas enseñando yoga he visto cómo uno de los mayores obstáculos para que nuestra disciplina avance aparece cuando nuestra identidad como profesores queda demasiado ligada a lo que aprendimos: una escuela, un estilo, un linaje, un maestro o una determinada manera de hacer las cosas.
Entonces cambiar de opinión deja de sentirse como aprendizaje y empieza a sentirse como una amenaza.
Pero enseñar debería exigirnos precisamente lo contrario.
Volver a estudiar. Contrastar. Escuchar otras perspectivas. Cuestionar nuestras propias certezas. Reconocer cuándo algo que enseñábamos necesita ser matizado, actualizado o, sencillamente, abandonado.
Eso no significa perseguir constantemente lo nuevo ni asumir que todo lo contemporáneo es necesariamente mejor. También significa estudiar con rigor aquello que hemos heredado y comprender qué merece conservarse, qué necesita contexto y qué debemos seguir interrogando.
Quizá por eso nuestra escuela se llama Lighthouse.
Un faro no recorre el camino por ti. Tampoco decide cuál debe ser tu destino. Ilumina, orienta y ayuda a ver.
Pero el camino continúa.
Porque una disciplina difícilmente puede avanzar si quienes la enseñamos dejamos de hacerlo.